Fuente: Catholic.net
Autor: Estanislao Mª García
Marcos 4, 35-41
Aquel día, al atardecer, les dice: Pasemos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen? Reflexión Han pasado más de dos mil años desde que Jesucristo fundó la Iglesia. Han pasado más de dos mil años de cristianismo y parece que todo se viene abajo; parece que las nuevas doctrinas religiosas están tomando el puesto de la Iglesia, pero no es así. La Iglesia parece naufragar en la tempestad del mundo y en los problemas que se le presentan; pero cada vez que los hombres dudamos se alza una voz que parece despertar de un largo sueño: ¡No temáis, tened fe! Y el mar vuelve a la calma; la barca de Pedro sigue su rumbo a través de los años, los siglos y los milenios. Cristo no está lejos de nosotros; duerme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, Él tome el timón de nuestra vida. Además en el mar de nuestra vida brilla una estrella; relampaguea en el cielo de nuestra alma la estrella de María, para que no perdamos el rumbo.
domingo, 8 de febrero de 2009
Hijos y herederos. ¿Valoramos lo que somos?
Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. _____________________________ En la carta tan excepcional del Pablo a los Romanos leemos un párrafo que es de lo mejor que salió de su pluma, cuando nos dice: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados. Y estos sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de maniestar en nosotros” (Ro 8,14-18) Vale la pena pensar reposadamente en estas palabras grandiosas de Pablo. Vernos amados de Dios como hijos e hijas es la dicha más grande. Y saber que nuestro Padre es nada menos que Dios es el mayor orgullo… La primera palabra es orientadora y exigente: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. El cristiano se demuestra hijo o hija de Dios porque se deja llevar por el Espíritu Santo. Es decir, no hace caso de las pasiones que le arrastran al mal, sino que aspira siempre a agradar a Dios su Padre, como lo hacía el mismo Jesús. ¿Es por eso triste la vida del cristiano, al no seguir las corrientes del mundo? ¡Oh, eso sí que no!... Porque el cristiano es el ser más libre que existe. Pablo nos lo ha dicho con estas palabras: “Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos”. El miedo del esclavo no es cristiano, aunque sea muy cristiano el temor reverente a Dios, nuestro Padre. El cristiano sabe que Dios es su Padre, no pierde la confianza en la adversidad, y reacciona siempre diciendo: “¡Bendito sea Dios! ¡Que se cumpla su voluntad!”... Hasta en la misma culpa, le habla a Dios con un humilde “¡Padre, perdóname!”... Pablo nos da ahora la palabra clave y que lo encierra todo: “Somos hijos adoptivos, y podemos exclamar: ¡Abbá, Padre!” No podemos encontrar en toda la Biblia una expresión con mayor ternura. Con toda confianza llamamos a Dios: “¡Papá!”. ¿Qué significa esto? En arameo, lengua que hablaba Jesús, “Abbá” era decir “Papá”, la expresión que emplea al niño para dirigirse a su padre. Jesús la puso en nuestros labios al dictarnos su oración del Padre nuestro. Y quiso que nosotros llamáramos a Dios con la misma palabra tierna con que lo llamaba Él, su Hijo natural, el Hijo de Dios hecho Hombre. Los primeros cristianos, como lo hace Pablo ahora, unían las dos palabras -la aramea “Abbá” y la griega o latina “Padre”- para volcar en la última toda la ternura del amor con que queremos a Dios, el cual es nuestro Padre, nuestro Papá… Esto nos lo dicta nuestro mismo espíritu, nuestro sentimiento de hijos. Pero a ese nuestro espíritu se le une otro Espíritu, muy diferente del nuestro, e infinitamente superior a nosotros, que nos empuja a llamar así a Dios, ¡Padre, Papá!, como nos asegura San Pablo: “El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios”. Aunque adoptados, somos hijos verdaderos, engendrados por Dios en el bautismo, con el que nos ha comunicado su vida divina. Ahora Pablo nos expresa el designio último de Dios: “Y, si somos hijos, también somos herederos”. Dios es un Padre y un propietario muy rico, infinitamente rico. Porque la riqueza de Dios, el Padre y el Dueño de todo, es el mismo Dios, es su misma gloria, la que Él posee desde toda la eternidad. Es la gloria que Dios Padre dio a su Hijo el Resucitado después de su pasión y muerte en la cruz, como se lo había pedido el mismo Jesús: “Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la misma gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo existiera” (Jn 17,5) Pues esa herencia, la misma de Jesús, es la que Dios nuestro Padre da a cada uno de sus hijos e hijas, que somos nosotros, y así nos lo dice ahora Pablo: “Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Es cierto. El gran heredero, el primero de todos, es el Hijo primogénito. Pero no es Jesús el heredero único. Porque Dios tiene muchos hijos e hijas, y a cada uno le toca su buena parte en la herencia. El Cielo de Jesús va a ser el mismo Cielo nuestro. ¿Nos va a costar algo el hacernos con la herencia de Dios?... La herencia es gratuita. Pero Dios nos pide la colaboración de unirnos al Jesús que muere por nosotros. “Seremos herederos si es que compartimos sus sufrimientos, los de Cristo, para ser también con él glorificados… “Aunque los sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”. ¿Qué decimos de semejante párrafo de la carta a los Romanos?... Hay para pensar. Hay para soñar. Hay para esperar. Hay para entusiasmarse… Hijos e hijas de Dios… ¡Como quien no dice nada! Dios es mi Padre, mi Papá… ¡Así lo llamaba Jesús! ¡Así lo llamamos nosotros! Dios, su gloria eterna, la herencia de Jesús, el Hijo… ¡Vaya inmensidad de herencia! Dios, el mismo Dios, nuestra herencia de hijos, los hermanos de Jesús… Ante tales promesas y ante una seguridad semejante, significan muy poco los contratiempos actuales, las pequeñeces que nos pueden venir encima... Además. Sentirse amados de Dios como hijos… amar a Dios como Padre amoroso… esperar una herencia eterna tan espléndida… ¿No es esto lo que salvaría a tantos desesperados del mundo de hoy?... Todo esto nos dice Pablo en el punto culminante de sus cartas. ¿Vale la pena ser unos bautizados, ser cristianos, para sentirse unos hijos y unos herederos de semejante categoría?...
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. _____________________________ En la carta tan excepcional del Pablo a los Romanos leemos un párrafo que es de lo mejor que salió de su pluma, cuando nos dice: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados. Y estos sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de maniestar en nosotros” (Ro 8,14-18) Vale la pena pensar reposadamente en estas palabras grandiosas de Pablo. Vernos amados de Dios como hijos e hijas es la dicha más grande. Y saber que nuestro Padre es nada menos que Dios es el mayor orgullo… La primera palabra es orientadora y exigente: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. El cristiano se demuestra hijo o hija de Dios porque se deja llevar por el Espíritu Santo. Es decir, no hace caso de las pasiones que le arrastran al mal, sino que aspira siempre a agradar a Dios su Padre, como lo hacía el mismo Jesús. ¿Es por eso triste la vida del cristiano, al no seguir las corrientes del mundo? ¡Oh, eso sí que no!... Porque el cristiano es el ser más libre que existe. Pablo nos lo ha dicho con estas palabras: “Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos”. El miedo del esclavo no es cristiano, aunque sea muy cristiano el temor reverente a Dios, nuestro Padre. El cristiano sabe que Dios es su Padre, no pierde la confianza en la adversidad, y reacciona siempre diciendo: “¡Bendito sea Dios! ¡Que se cumpla su voluntad!”... Hasta en la misma culpa, le habla a Dios con un humilde “¡Padre, perdóname!”... Pablo nos da ahora la palabra clave y que lo encierra todo: “Somos hijos adoptivos, y podemos exclamar: ¡Abbá, Padre!” No podemos encontrar en toda la Biblia una expresión con mayor ternura. Con toda confianza llamamos a Dios: “¡Papá!”. ¿Qué significa esto? En arameo, lengua que hablaba Jesús, “Abbá” era decir “Papá”, la expresión que emplea al niño para dirigirse a su padre. Jesús la puso en nuestros labios al dictarnos su oración del Padre nuestro. Y quiso que nosotros llamáramos a Dios con la misma palabra tierna con que lo llamaba Él, su Hijo natural, el Hijo de Dios hecho Hombre. Los primeros cristianos, como lo hace Pablo ahora, unían las dos palabras -la aramea “Abbá” y la griega o latina “Padre”- para volcar en la última toda la ternura del amor con que queremos a Dios, el cual es nuestro Padre, nuestro Papá… Esto nos lo dicta nuestro mismo espíritu, nuestro sentimiento de hijos. Pero a ese nuestro espíritu se le une otro Espíritu, muy diferente del nuestro, e infinitamente superior a nosotros, que nos empuja a llamar así a Dios, ¡Padre, Papá!, como nos asegura San Pablo: “El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios”. Aunque adoptados, somos hijos verdaderos, engendrados por Dios en el bautismo, con el que nos ha comunicado su vida divina. Ahora Pablo nos expresa el designio último de Dios: “Y, si somos hijos, también somos herederos”. Dios es un Padre y un propietario muy rico, infinitamente rico. Porque la riqueza de Dios, el Padre y el Dueño de todo, es el mismo Dios, es su misma gloria, la que Él posee desde toda la eternidad. Es la gloria que Dios Padre dio a su Hijo el Resucitado después de su pasión y muerte en la cruz, como se lo había pedido el mismo Jesús: “Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la misma gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo existiera” (Jn 17,5) Pues esa herencia, la misma de Jesús, es la que Dios nuestro Padre da a cada uno de sus hijos e hijas, que somos nosotros, y así nos lo dice ahora Pablo: “Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Es cierto. El gran heredero, el primero de todos, es el Hijo primogénito. Pero no es Jesús el heredero único. Porque Dios tiene muchos hijos e hijas, y a cada uno le toca su buena parte en la herencia. El Cielo de Jesús va a ser el mismo Cielo nuestro. ¿Nos va a costar algo el hacernos con la herencia de Dios?... La herencia es gratuita. Pero Dios nos pide la colaboración de unirnos al Jesús que muere por nosotros. “Seremos herederos si es que compartimos sus sufrimientos, los de Cristo, para ser también con él glorificados… “Aunque los sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”. ¿Qué decimos de semejante párrafo de la carta a los Romanos?... Hay para pensar. Hay para soñar. Hay para esperar. Hay para entusiasmarse… Hijos e hijas de Dios… ¡Como quien no dice nada! Dios es mi Padre, mi Papá… ¡Así lo llamaba Jesús! ¡Así lo llamamos nosotros! Dios, su gloria eterna, la herencia de Jesús, el Hijo… ¡Vaya inmensidad de herencia! Dios, el mismo Dios, nuestra herencia de hijos, los hermanos de Jesús… Ante tales promesas y ante una seguridad semejante, significan muy poco los contratiempos actuales, las pequeñeces que nos pueden venir encima... Además. Sentirse amados de Dios como hijos… amar a Dios como Padre amoroso… esperar una herencia eterna tan espléndida… ¿No es esto lo que salvaría a tantos desesperados del mundo de hoy?... Todo esto nos dice Pablo en el punto culminante de sus cartas. ¿Vale la pena ser unos bautizados, ser cristianos, para sentirse unos hijos y unos herederos de semejante categoría?...
¿Hacer más o hacer mejor?
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual LC
La eficiencia, en ocasiones, nos obsesiona. Queremos rendir más, aprovechar a fondo el tiempo, atender varios asuntos a la vez, conquistar metas y más metas. Al final del día podemos sentirnos satisfechos al recordar que hemos hecho “muchas cosas”. La enumeración empieza con el excelente editorial que leímos por la mañana, el desayuno consumido en menos tiempo, la llegada a tiempo al trabajo, el haber terminado 15 asuntos pendientes, el haber respondido a más de 30 mensajes del correo electrónico, y un largo etcétera de pequeñas, medianas o grandes realizaciones. Pero si vamos más a fondo, ¿estamos de verdad satisfechos? Hemos hecho muchas cosas, hemos rendido más de lo ordinario, hemos tenido un día “lleno”. ¿Basta eso o quedó algo pendiente, dejé de lado otras “cosas” mucho más importantes? Es posible vivir con la agenda repleta de compromisos y con un gran vacío en el corazón. Quizá ocurre eso porque la avalancha de actividades nos ha alejado de lo más importante, porque hemos perdido la brújula y no sabíamos exactamente hacia dónde queríamos llegar. No podemos recorrer el camino de la vida bajo un frenesí de acciones y bajo un esfuerzo, casi titánico, por llevar a cabo miles de cosas que nos dispersan y que nos esclavizan. Hemos sido creados para algo mucho más grande, más noble, más profundo, más hermoso. La verdadera vocación del hombre está no en el hacer, sino en el amar. Juan Pablo II lo explicaba con estas palabras: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Redemptor hominis, n. 10). Nuestra plenitud no está en la técnica, ni en la televisión, ni en internet, ni en los crucigramas, ni en la conquista de una buena forma física, ni en la dieta, ni en la lectura de novelas apasionantes o de libros de ciencia. Nuestra plenitud está en aprender a vivir según nuestra naturaleza íntima, profunda: según el plan de Dios, que nos hizo por amor y nos invita cada día a amar. La pregunta que deberíamos formular al acostarnos no es si hice más, sino sencillamente si hice mejor, si hice bien, si hice con amor, si hice para amar. No vale la pena hacer miles de cosas. Hay una única cosa importante: “Sólo vale la pena el amor, que es lo que hace posible la eternidad” (José María Pérez Lozano).
Autor: P. Fernando Pascual LC
La eficiencia, en ocasiones, nos obsesiona. Queremos rendir más, aprovechar a fondo el tiempo, atender varios asuntos a la vez, conquistar metas y más metas. Al final del día podemos sentirnos satisfechos al recordar que hemos hecho “muchas cosas”. La enumeración empieza con el excelente editorial que leímos por la mañana, el desayuno consumido en menos tiempo, la llegada a tiempo al trabajo, el haber terminado 15 asuntos pendientes, el haber respondido a más de 30 mensajes del correo electrónico, y un largo etcétera de pequeñas, medianas o grandes realizaciones. Pero si vamos más a fondo, ¿estamos de verdad satisfechos? Hemos hecho muchas cosas, hemos rendido más de lo ordinario, hemos tenido un día “lleno”. ¿Basta eso o quedó algo pendiente, dejé de lado otras “cosas” mucho más importantes? Es posible vivir con la agenda repleta de compromisos y con un gran vacío en el corazón. Quizá ocurre eso porque la avalancha de actividades nos ha alejado de lo más importante, porque hemos perdido la brújula y no sabíamos exactamente hacia dónde queríamos llegar. No podemos recorrer el camino de la vida bajo un frenesí de acciones y bajo un esfuerzo, casi titánico, por llevar a cabo miles de cosas que nos dispersan y que nos esclavizan. Hemos sido creados para algo mucho más grande, más noble, más profundo, más hermoso. La verdadera vocación del hombre está no en el hacer, sino en el amar. Juan Pablo II lo explicaba con estas palabras: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Redemptor hominis, n. 10). Nuestra plenitud no está en la técnica, ni en la televisión, ni en internet, ni en los crucigramas, ni en la conquista de una buena forma física, ni en la dieta, ni en la lectura de novelas apasionantes o de libros de ciencia. Nuestra plenitud está en aprender a vivir según nuestra naturaleza íntima, profunda: según el plan de Dios, que nos hizo por amor y nos invita cada día a amar. La pregunta que deberíamos formular al acostarnos no es si hice más, sino sencillamente si hice mejor, si hice bien, si hice con amor, si hice para amar. No vale la pena hacer miles de cosas. Hay una única cosa importante: “Sólo vale la pena el amor, que es lo que hace posible la eternidad” (José María Pérez Lozano).
Ese octavo de los Romanos! La página cumbre de Pablo
Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. ________________________________
¡Cuántas veces en nuestras pláticas hemos traído citas y más citas del capítulo octavo de la Carta a los Romanos! Es inagotable su riqueza. Hoy nos vamos a entretener sólo con esa página que constituye la cumbre de los escritos de Pablo. Empezó Pablo la carta exponiendo la tragedia del pecado. Pero viene ahora la respuesta de Dios, y Pablo le asegura al cristiano: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo haya muerto a causa del pecado, su alma está viva a causa de la santidad. Y si el Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu resucitará un día sus cuerpos mortales”. ¡Qué ánimo infunden estas palabras! ¿Hay que morir? Pues, ¡a morir!... Porque si resucitó Cristo, Cabeza nuestra, resucitaremos también nosotros. Y resucitaremos para no morir más, como Jesús, que, como ha dicho antes Pablo, “resucitando de entre los muertos, Cristo ya no muere más; con su cuerpo resucitado vive para Dios, eternamente como Dios” (Ro 6,9-10) Pasa Pablo después a decirnos algo grande, bello, consolador: No han recibido un espíritu de esclavos, para vivir con temor, sino que han recibido el espíritu de hijos, unos hijos adoptivos, pero verdaderos, espíritu que nos hace exclamar: ¡Abbá! ¡Padre! ¡Papá!... Esto es sublime. ¿Podía cabernos en la cabeza el llamar así a Dios, Padre, Papá?... Pablo ha conservado aquí la palabra aramea “Abbá”, equivalente a nuestro cariñoso “Papá”. Así llamaba Jesús a Dios su Padre. Así nos enseñó a llamarlo nosotros con la primera palabra del Padrenuestro: ¡Papá! ¡Papá!... ¿Ha sido esta una ocurrencia de Pablo? No. El mismo Pablo nos asegura que esa manera de orar nos la está dictando, sin nosotros darnos cuenta, el mismo Espíritu Santo: Nosotros no sabemos cómo rezar; pero viene entonces el Espíritu Santo en ayuda nuestra, y es Él quien ora en nosotros con suspiros inefables, que nosotros mismos somos incapaces de expresar… Sigue Pablo con otra afirmación colosal: Si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo. Hemos padecido con Él, pues con Él seremos también glorificados... Dios es muy rico; tiene una herencia inmensa, ¿y para quién va a ser la herencia, esa su Gloria, ese su Cielo? ¿A quién se la ha dejado Dios como en testamento? ¡Pues, a los hijos! Y Pablo señala con precisión magnífica: ¿Qué hijos? Ante todo, Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, al que le dijo en la Ascensión: “¡Ven aquí, y siéntate a mi derecha! Te constituyo heredero universal” (Hb 1,2) Jesucristo sabía que esto iba a ser así, y por eso le pidió al Padre antes de ir a la muerte: Quiero que donde yo esté estén también estos mis hermanos que tú me diste, para que contemplen y tengan mi misma gloria (Jn 17,24). La herencia de Dios, que es su Gloria, es para nosotros, los hijos e hijas de Dios. Pablo, sin embargo, sabe lo que nos espera mientras estamos en el mundo: trabajo, su-frimiento, deberes costosos, todo eso que constituye nuestra cruz. Pero, ¿hay que temer la cruz? No, porque todo eso es la participación de los sufrimientos de Jesucristo Crucificado. Llevados gozosamente en unión con Jesús, Pablo los ve como la aportación voluntaria que hacemos a la obra del Señor, y nos dice: ¡Animo! Si padecemos con Jesús, con Él seremos también glorificados… Por otra parte, Dios es tan sabio y tan providente, que esos sufrimientos, igual que los acontecimientos que no acabamos de entender, “Dios los orienta de manera que todos sirvan para el bien y la salvación de los elegidos”. Pablo se está elevando cada vez más en esta página imponderable. Y llega a meterse en la intimidad eterna de Dios, que dio un vistazo a la creación que iba a salir de sus manos. Vio una multitud de hombres y mujeres, en medio de los cuales estaba su Hijo que se iba a encarnar y hacerse uno de ellos, y se dijo: A todos estos que contemplo, a todos los predestino; todos quedan elegidos para ser como mi Hijo; a todos los llamo; a todos los santifico; a todos los he de glorificar… Éste fue el plan grandioso de Dios. Sólo quedarían fuera de la salvación los que no quisieran ser de Dios ni aceptaran a Jeucristo, al que Dios iba a enviar para la salvación de todos. Llegado a este punto Pablo, empiezan sus exclamaciones triunfales. Y la primera es ésta: Ante esto, ¿qué diremos? ¿Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”… Si Dios, por salvarnos, no dudó en entregar su propio Hijo a la muerte, ¿qué le importa darnos todo lo demás, si todo junto no vale nada ante su Hijo Jesús?... Y ante el miedo que pudiéramos sentir por nosotros mismos, Pablo sigue con energía: ¿Piensan que va a acusarnos Dios por nuestros pecados anteriores, el Dios que mandó a su Hijo a la muerte por salvarnos?... ¿Creen que Jesucristo, el que murió por nosotros, nos va a juzgar para condenarnos?... ¡Imposible, imposible del todo! Pablo acaba de la manera más grandiosa, más apasionante, más enardecedora, con una protesta de amor como no se encuentra una semejante en toda la Biblia: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... En todas estas cosas salimos más que vencedores gracias a Aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni espíritus enemigos, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús Señor nuestro. Pablo se nos ha revelado hoy en la cumbre de su pensamiento y de su amor. Esta capítulo octavo a los Romanos no cansa el leerlo. Nos asombra su profundidad. Nos enciende el corazón. Nos entusiasma hasta el delirio. Nos apasiona por Jesús… ¿Qué nos queda a nosotros cuando lo leemos?... Pensar también, y amar. Lo demás, importa poco…
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. ________________________________
¡Cuántas veces en nuestras pláticas hemos traído citas y más citas del capítulo octavo de la Carta a los Romanos! Es inagotable su riqueza. Hoy nos vamos a entretener sólo con esa página que constituye la cumbre de los escritos de Pablo. Empezó Pablo la carta exponiendo la tragedia del pecado. Pero viene ahora la respuesta de Dios, y Pablo le asegura al cristiano: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo haya muerto a causa del pecado, su alma está viva a causa de la santidad. Y si el Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu resucitará un día sus cuerpos mortales”. ¡Qué ánimo infunden estas palabras! ¿Hay que morir? Pues, ¡a morir!... Porque si resucitó Cristo, Cabeza nuestra, resucitaremos también nosotros. Y resucitaremos para no morir más, como Jesús, que, como ha dicho antes Pablo, “resucitando de entre los muertos, Cristo ya no muere más; con su cuerpo resucitado vive para Dios, eternamente como Dios” (Ro 6,9-10) Pasa Pablo después a decirnos algo grande, bello, consolador: No han recibido un espíritu de esclavos, para vivir con temor, sino que han recibido el espíritu de hijos, unos hijos adoptivos, pero verdaderos, espíritu que nos hace exclamar: ¡Abbá! ¡Padre! ¡Papá!... Esto es sublime. ¿Podía cabernos en la cabeza el llamar así a Dios, Padre, Papá?... Pablo ha conservado aquí la palabra aramea “Abbá”, equivalente a nuestro cariñoso “Papá”. Así llamaba Jesús a Dios su Padre. Así nos enseñó a llamarlo nosotros con la primera palabra del Padrenuestro: ¡Papá! ¡Papá!... ¿Ha sido esta una ocurrencia de Pablo? No. El mismo Pablo nos asegura que esa manera de orar nos la está dictando, sin nosotros darnos cuenta, el mismo Espíritu Santo: Nosotros no sabemos cómo rezar; pero viene entonces el Espíritu Santo en ayuda nuestra, y es Él quien ora en nosotros con suspiros inefables, que nosotros mismos somos incapaces de expresar… Sigue Pablo con otra afirmación colosal: Si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo. Hemos padecido con Él, pues con Él seremos también glorificados... Dios es muy rico; tiene una herencia inmensa, ¿y para quién va a ser la herencia, esa su Gloria, ese su Cielo? ¿A quién se la ha dejado Dios como en testamento? ¡Pues, a los hijos! Y Pablo señala con precisión magnífica: ¿Qué hijos? Ante todo, Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, al que le dijo en la Ascensión: “¡Ven aquí, y siéntate a mi derecha! Te constituyo heredero universal” (Hb 1,2) Jesucristo sabía que esto iba a ser así, y por eso le pidió al Padre antes de ir a la muerte: Quiero que donde yo esté estén también estos mis hermanos que tú me diste, para que contemplen y tengan mi misma gloria (Jn 17,24). La herencia de Dios, que es su Gloria, es para nosotros, los hijos e hijas de Dios. Pablo, sin embargo, sabe lo que nos espera mientras estamos en el mundo: trabajo, su-frimiento, deberes costosos, todo eso que constituye nuestra cruz. Pero, ¿hay que temer la cruz? No, porque todo eso es la participación de los sufrimientos de Jesucristo Crucificado. Llevados gozosamente en unión con Jesús, Pablo los ve como la aportación voluntaria que hacemos a la obra del Señor, y nos dice: ¡Animo! Si padecemos con Jesús, con Él seremos también glorificados… Por otra parte, Dios es tan sabio y tan providente, que esos sufrimientos, igual que los acontecimientos que no acabamos de entender, “Dios los orienta de manera que todos sirvan para el bien y la salvación de los elegidos”. Pablo se está elevando cada vez más en esta página imponderable. Y llega a meterse en la intimidad eterna de Dios, que dio un vistazo a la creación que iba a salir de sus manos. Vio una multitud de hombres y mujeres, en medio de los cuales estaba su Hijo que se iba a encarnar y hacerse uno de ellos, y se dijo: A todos estos que contemplo, a todos los predestino; todos quedan elegidos para ser como mi Hijo; a todos los llamo; a todos los santifico; a todos los he de glorificar… Éste fue el plan grandioso de Dios. Sólo quedarían fuera de la salvación los que no quisieran ser de Dios ni aceptaran a Jeucristo, al que Dios iba a enviar para la salvación de todos. Llegado a este punto Pablo, empiezan sus exclamaciones triunfales. Y la primera es ésta: Ante esto, ¿qué diremos? ¿Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”… Si Dios, por salvarnos, no dudó en entregar su propio Hijo a la muerte, ¿qué le importa darnos todo lo demás, si todo junto no vale nada ante su Hijo Jesús?... Y ante el miedo que pudiéramos sentir por nosotros mismos, Pablo sigue con energía: ¿Piensan que va a acusarnos Dios por nuestros pecados anteriores, el Dios que mandó a su Hijo a la muerte por salvarnos?... ¿Creen que Jesucristo, el que murió por nosotros, nos va a juzgar para condenarnos?... ¡Imposible, imposible del todo! Pablo acaba de la manera más grandiosa, más apasionante, más enardecedora, con una protesta de amor como no se encuentra una semejante en toda la Biblia: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... En todas estas cosas salimos más que vencedores gracias a Aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni espíritus enemigos, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús Señor nuestro. Pablo se nos ha revelado hoy en la cumbre de su pensamiento y de su amor. Esta capítulo octavo a los Romanos no cansa el leerlo. Nos asombra su profundidad. Nos enciende el corazón. Nos entusiasma hasta el delirio. Nos apasiona por Jesús… ¿Qué nos queda a nosotros cuando lo leemos?... Pensar también, y amar. Lo demás, importa poco…
Dejarme llamar por Cristo
Dejarme llamar por CristoFuente: Catholic.net Autor: P. Fernando Pascual Tras el pecado sigue la pena. Pena porque no cortamos la tentación, porque dejamos que entrase la sospecha, porque coqueteamos con el mal, porque le dimos un sí al egoísmo y un no al amor. Pena porque otra vez le fallamos a Cristo y traicionamos la conciencia. Porque pisoteamos los mandamientos, porque dimos escándalo en la familia; o porque todo quedó oculto ante los hombres, pero no ante Dios ni ante mí mismo. Esa pena lleva a la angustia mala, a la tristeza diabólica, si nos aparta de Dios y nos deja solos con nuestra miseria. Esa pena, en cambio, puede ayudarme a crecer en el amor, si recuerdo que, más allá del pecado, y más allá de la propia nada, existe un Amor que no se deja vencer por los fallos de sus hijos. En esos momentos, y entre las lágrimas ante mi pecado, debería escuchar una invitación, una llamada, un ruego que llega desde el mismo corazón de mi Padre Dios. “Ven, déjate llamar por el Maestro. Él está aquí y te llama (cf. Jn 11,28). Él quiere tomar tu vida y unirla a la suya. Déjate atraer por Él. No mires ya tus heridas, mira las suyas. No mires lo que te separa aún de Él y de los demás; mira la distancia infinita que ha abolido tomando tu carne, subiendo a la Cruz que le prepararon los hombres y dejándose llevar a la muerte para mostrar su amor. En estas heridas, te toma; en estas heridas, te esconde. No rechaces su amor” (Benedicto XVI, meditación ante la Eucaristía, Lourdes, 14 de septiembre de 2008). Esa invitación ha llegado en el pasado a miles y miles de hombres y mujeres que primero fueron pecadores, pero luego fueron santos. “Eran pecadores y lo sabían, pero aceptaron no mirar sus heridas y mirar sólo las heridas de su Señor, para descubrir en ellas la gloria de la Cruz, para descubrir en ellas la victoria de la Vida sobre la muerte” (Benedicto XVI). Esa invitación llega ahora a mi vida. Cristo quiere que le mire, que me deje tomar por sus manos taladradas, que le deje abrazarme junto a su corazón herido. Quiere que hoy mi dolor se una al suyo, que le pida perdón con toda el alma. Quiere que me confiese, y que empiece a vivir en la experiencia más sublime, más profunda, más hermosa, que puedo realizar ya en esta vida: la de vivir por entero en el mundo de la misericordia hecha Pasión en una Cruz bendita...
Año Jubilar Paulino
El mundo cristiano tiene la oportunidad de redescubrir este año la singular figura de san Pablo. El Papa Benedicto XVI convocó la celebración del Año Paulino desde el 28 de junio de 2008 —vísperas de la antiquísima fiesta de san Pedro y san Pablo— al 29 de junio de 2009. Eligió estas fechas en concreto porque coinciden más o menos con el cumplimiento de los dos milenios del nacimiento de san Pablo, que los historiadores sitúan entre los años 7 y 10 después de Cristo.El Año Paulino prevé, según las palabras del Papa, “una serie de celebraciones litúrgicas, eventos culturales y ecuménicos, así como varias iniciativas pastorales y sociales, todas inspiradas en la espiritualidad paulina”. “Asimismo, se promoverán congresos de estudio y publicaciones especiales sobre textos paulinos, para dar a conocer cada vez mejor la inmensa riqueza de la enseñanza contenida en ellos, verdadero patrimonio de la humanidad redimida por Cristo”.Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Pablo evoca el amor de Cristo que lo escoge como su apóstol a pesar de haber perseguido a los cristianos y lo pone como ejemplo del amor que salva al que confía en Cristo. San Pablo no es para nosotros una figura del pasado, que recordamos con veneración. Él quiere hablar con nosotros hoy. Te invito a preguntarte: ¿Quién es San Pablo? ¿Qué me dice a mí? Una propuesta para vivir este año: la lectura de textos que contengan el pensamiento del santo de Tarso y material referente al Año Jubilar que publicaremos cada edición. En internet puedes consultar el sitio oficial en la dirección: http://www.annopaolino.org (Fuente: Rosalía/ Estado de Vida de Jóvenes/Infojerusalén)
ACTITUDES DE UN SERVIDOR
(JN 13,1-17)» ... Cuando terminó de lavarles los pies...dijo: ¿Entienden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Señor y el Maestro, y dicen verdad, pues lo soy. Si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado un ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Porque en verdad les digo: el servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas. ¡Felices si las ponen en práctica! « Esta cita nos hace meditar en la docilidad, obediencia, humildad y sencillez con la que Jesucristo sirvió a sus discípulos y nos deja el ejemplo para que nosotros, intentemos ser como él. Para ello hablaremos de ciertos aspectos que debemos considerar: El ambiente, la obediencia, la humildad, la grandeza, el dolor, la misión, la liberación.Todo esto hermanos, con la finalidad de que ahora que prestaremos el servicio para la Misión «Construyendo para la vida», y considerando estas reflexiones, podamos brindar a nuestros hermanos invitados y a nuestros hermanos en la Comunidad , un servicio basado en el ejemplo de Jesucristo.Cada servicio que se ejecuta, nos confiere gracia y santidad. Por ello es muy importante que cada servicio, por muy sencillo que aparente ser, sea ejecutado con toda dignidad, calidad y profesionalismo.Cristo vino a servir y no a ser servido (Mt 20, 28), por tanto, quien se diga cristiano debe distinguirse y demostrarlo sirviendo al estilo único y total de Jesús.En una comunidad, todos los servicios cuentan, ciertamente, no todas las personas tienen talento para todo, pero en la medida de lo posible hay que procurar espacios para que haya una mayor formación de quienes intervienen. Asimismo no debe descuidarse la vida interior de un servidor. La oración y el estar cerca de Dios son los ejes en los que cualquiera de los servidores sostiene su quehacer y también todo su ser.
EL AMBIENTE: Para que una persona pueda realizar un servicio de calidad y para dar testimonio de lo que es un auténtico servicio cristiano, es necesario que cuide el ambiente en el que va a servir: éste debe ser familiar, alegre, ordenado, dispuesto, con una carga emocional muy fuerte; ya que muchos son los servidores que cuando se reúnen tienen una gran voluntad de servicio, pero el ambiente no los favorece, no se sienten en familia, se toleran pero no se aman; muchos son los equipos en los que se percibe un ambiente tenso, frívolo, no hay calidez y en esas condiciones, es poco probable que todos estén sirviendo auténticamente, a la manera de Cristo; por lo que debe existir un ambiente en el que haya respeto para las opiniones de todos y que se favorezca el orden y la atención. Es muy bueno procurar y mantener un ambiente fraterno, que no se les olvide que deben ser hermanos, compañeros.
LA OBEDIENCIA: Jesús está obedeciendo al Padre, pues aunque el cáliz es difícil de beber, ya que se acerca su hora, es la voluntad de Dios. OBEDECER es una palabra que poco se comprende, pues preferimos mandar, tener el poder, estar «por encima» de otros. Es más placentero y menos comprometedor. Hoy en día pareciera que el mundo nos enseña que obedecer es señal de debilidad, y Jesús nos demuestra claramente cómo se es obediente al estilo de Dios. Todos los que quieren ser servidores deben tener la capacidad de reconocer que siempre va a haber alguien con autoridad. Sólo quien manda con amor es digno de ser servido con fidelidad y amor, signos inequívocos de que la autoridad viene de Dios. Recuerden que tener autoridad significa mayor responsabilidad, pues hay que velar siempre por el bien de los que se les ha confiado. Tienen la autoridad sí, pero también la responsabilidad de convertirse en siervos de los siervos imitando al Maestro. Obedecer implica generosidad y justicia.
LA HUMILDAD: Jesús por sí mismo hace los preparativos para el lavatorio, se encarga de acercar el balde con agua, se arrodilla y se pone a lavar y secar los polvorientos y toscos pies de sus amigos. Ser humilde es muy difícil, sobre todo cuando estamos poco acostumbrados a reconocer las cosas buenas que tenemos y sólo sabemos contar nuestros errores. Imagina que la humildad es una balanza, por un lado colocas tus cualidades y por el otro, tus limitaciones (tus debilidades), es lo único que tienes, lo único que eres. Pues bien, mantenlas en equilibrio y serás auténticamente humilde.Reconócete a ti mismo como un buen servidor sin perder de vista tu fragilidad.La humildad siempre le permitirá al servidor avanzar con paso firme y tener la certeza de que Dios hace sus obras contando siempre con él, en él y a pesar de él. Mantén tus virtudes y limitaciones en perfecto equilibrio y serás auténticamente humilde.(continuará...) ( Para infojerusalen/Maribel )
EL AMBIENTE: Para que una persona pueda realizar un servicio de calidad y para dar testimonio de lo que es un auténtico servicio cristiano, es necesario que cuide el ambiente en el que va a servir: éste debe ser familiar, alegre, ordenado, dispuesto, con una carga emocional muy fuerte; ya que muchos son los servidores que cuando se reúnen tienen una gran voluntad de servicio, pero el ambiente no los favorece, no se sienten en familia, se toleran pero no se aman; muchos son los equipos en los que se percibe un ambiente tenso, frívolo, no hay calidez y en esas condiciones, es poco probable que todos estén sirviendo auténticamente, a la manera de Cristo; por lo que debe existir un ambiente en el que haya respeto para las opiniones de todos y que se favorezca el orden y la atención. Es muy bueno procurar y mantener un ambiente fraterno, que no se les olvide que deben ser hermanos, compañeros.
LA OBEDIENCIA: Jesús está obedeciendo al Padre, pues aunque el cáliz es difícil de beber, ya que se acerca su hora, es la voluntad de Dios. OBEDECER es una palabra que poco se comprende, pues preferimos mandar, tener el poder, estar «por encima» de otros. Es más placentero y menos comprometedor. Hoy en día pareciera que el mundo nos enseña que obedecer es señal de debilidad, y Jesús nos demuestra claramente cómo se es obediente al estilo de Dios. Todos los que quieren ser servidores deben tener la capacidad de reconocer que siempre va a haber alguien con autoridad. Sólo quien manda con amor es digno de ser servido con fidelidad y amor, signos inequívocos de que la autoridad viene de Dios. Recuerden que tener autoridad significa mayor responsabilidad, pues hay que velar siempre por el bien de los que se les ha confiado. Tienen la autoridad sí, pero también la responsabilidad de convertirse en siervos de los siervos imitando al Maestro. Obedecer implica generosidad y justicia.
LA HUMILDAD: Jesús por sí mismo hace los preparativos para el lavatorio, se encarga de acercar el balde con agua, se arrodilla y se pone a lavar y secar los polvorientos y toscos pies de sus amigos. Ser humilde es muy difícil, sobre todo cuando estamos poco acostumbrados a reconocer las cosas buenas que tenemos y sólo sabemos contar nuestros errores. Imagina que la humildad es una balanza, por un lado colocas tus cualidades y por el otro, tus limitaciones (tus debilidades), es lo único que tienes, lo único que eres. Pues bien, mantenlas en equilibrio y serás auténticamente humilde.Reconócete a ti mismo como un buen servidor sin perder de vista tu fragilidad.La humildad siempre le permitirá al servidor avanzar con paso firme y tener la certeza de que Dios hace sus obras contando siempre con él, en él y a pesar de él. Mantén tus virtudes y limitaciones en perfecto equilibrio y serás auténticamente humilde.(continuará...) ( Para infojerusalen/Maribel )
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