DOMINGO 22 FEBR 2009.
“Hijo, tus pecados quedan perdonados”
I. LA PALABRA DE DIOS
II. APUNTES
III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA
IV. PADRES DE LA IGLESIAV. CATECISMO DE LA IGLESIAVI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO
I. LA PALABRA DE DIOS
Is 43,18-19.21-22.24b-25: “Por mi cuenta borraba tus crímenes”
Así dice el Señor:
—«No se acuerden de las cosas pasadas,no piensen en las cosas antiguas;miren, voy a realizar algo nuevo;ya está brotando, ¿no lo notan?Abriré un camino por el desierto,ríos en la llanura,para apagar la seddel pueblo que yo formépara que proclamara mi alianza.Pero tú no me invocabas, Jacob,ni te esforzabas por mí, Israel;me agobiabas con tus pecadosy me cansabas con tus culpas.Soy yo, y sólo yo quien borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados».
Sal 40,2-3.4-5.13-14: “Sáname, Señor, porque he pecado contra ti”
2Cor 1,18-22: “En Jesús todo se ha convertido en un ‘sí’”
Hermanos:
¡Dios es testigo!
La palabra que les dirigimos a ustedes no fue primero «sí» y luego «no».
Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo les hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego «no»; en Él todo se ha convertido en un «sí»; en Él todas las promesas se han cumplido.
Y por Él podemos responder: «Amén» a la gloria de Dios.
Es Dios quien a nosotros y a ustedes nos fortalece en Cristo. Él nos ha ungido, Él nos ha marcado con su sello, y ha puesto en nuestros corazones el Espíritu, como prenda de salvación.
Mc 2,1-12: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados”
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaum, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni siquiera junto a la puerta. Él les anunciaba la palabra.
Entonces, le llevaron entre cuatro un paralítico y, como no podían acercarlo a Jesús, a causa del gentío, abrieron el techo encima de donde estaba Él y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico:
—«Hijo, tus pecados quedan perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
—¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
—«¿Por qué piensan eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico: “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge tu camilla y anda”?
Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados...».
Entonces le dijo al paralítico:
—«Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa». Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron admirados y daban gloria a Dios, diciendo:
—«Nunca hemos visto una cosa igual».
II. APUNTES
El Señor Jesús, luego de abandonar Cafarnaúm para recorrer algunos pueblos cercanos de Galilea para predicar también allí su Evangelio (ver Mc 1,38-39), retorna nuevamente a Cafarnaúm. En esta ciudad se había establecido el Señor al iniciar su ministerio público, haciendo de ella su “base de operaciones”.
Tan pronto sus habitantes se enteraron de que estaba de vuelta, acudieron a buscarlo para escuchar sus enseñanzas: «Él les anunciaba la palabra». También acude a Él un grupo de cuatro hombres cargando con un paralítico. Creen firmemente que el Señor puede liberarlo de su parálisis y devolverle la capacidad de andar. Mas al llegar a casa del Señor se encuentran a un gentío tan numeroso que «no quedaba sitio ni siquiera junto a la puerta». No había manera de abrirse paso entre la muchedumbre para llegar hasta Él. Impacientes y sin querer esperar más, deciden subir al techo, hacer una abertura «encima de donde estaba Él» para descolgar por allí al paralítico. Esto era posible por la forma en que aquellos techos estaban construidos: unas vigas de madera alcanzaban de pared a pared, luego se ponía una capa de pasto largo o ramas, y sobre ésta una capa de tierra o arcilla; luego se echaba sobre ella arena y gravilla, pasándose luego sobre ella un rodillo de piedra, que permanecía sobre el techo para usarlo varias veces apisonando el techo especialmente al inicio de la época de lluvias, y evitar de ese modo que el agua se filtrase al través. Era, pues, una especie de techo de adobe. El trabajo de aquellos hombres consistió, pues, en “excavar” o “descortezar” el techo, como da a entender el término griego usado por Marcos. Subir al techo era fácil pues era común que las casas tuviesen una escalera exterior que subía directamente al techo.
El Señor ve en aquel acto esforzado una demostración de fe profunda: toda esa impulsiva y molesta operación —¡mucho polvo habrá caído sobre los que se encontraban bajo el techo!— la habían realizado porque creían que Dios actuaba en Él. Aunque la frase «viendo Jesús la fe que tenían» se la ha interpretado muchas veces referida sólo a la fe de aquellos hombres que llevaron al paralítico a la presencia del Señor, la expresión en sí no excluye al mismo paralítico, que imaginamos no habrá ido en contra de su voluntad, sino muy esperanzado en obtener la milagrosa curación por medio de Aquel gran profeta que se había alzado en medio del pueblo de Israel.
Pero, ¿por qué en respuesta a la fe de aquellos hombres el Señor empieza por decirle al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados»? Pensaban los judíos que la enfermedad era el castigo divino merecido por los pecados cometidos ya sea por la persona enferma o acaso también por sus padres (ver Jn 9,2; Ex 34,7-8). Considerando la íntima relación existente entre la enfermedad física y la enfermedad espiritual, se entiende que el enfermo no se libraría de su parálisis si Dios no le perdonaba al mismo tiempo sus pecados. El perdón de los pecados por parte de Dios era condición indispensable para la restitución de la salud física, y la curación física constituía al mismo tiempo un signo visible del perdón con que Dios en su misericordia había favorecido al pecador.
Los más desconcertados por las primeras palabras que el Señor dirigió al paralítico fueron los escribas o maestros de la Ley que se encontraban allí presentes. «Pensaban para sus adentros» que al decir «tus pecados quedan perdonados» el Señor blasfemaba, injuriando a Dios de un modo muy grave al pretender usurpar el poder que sólo a Dios pertenece. Y si fuera de Dios nadie podía perdonar los pecados, ¿cómo podía atreverse este hombre, aún cuando fuese un profeta poderoso en obras, a decirle a este paralítico que sus pecados quedaban perdonados, apareciendo ante los demás como alguien que perdonaba los pecados con autoridad propia?
«Jesús se dio cuenta de lo que pensaban». Esta capacidad de “explorar el corazón” humano y conocer sus sentimientos y pensamientos más íntimos también era considerado como algo propio de Dios (ver Jer 17,9-10). ¿Quién sino Dios puede sondear las profundidades de los corazones humanos (ver Hech 1,24)? ¿No es una velada manifestación de la divinidad de Jesús? Conociendo sin duda también lo que había en el corazón de aquel paralítico, conociendo los pecados que lo tenían espiritualmente postrado, le ofreció aquello de lo que tenía más necesidad: necesitaba escuchar que a pesar de sus pecados, él seguía siendo un hijo amado y querido del Padre; necesitaba ser perdonado por Dios antes incluso que ser curado físicamente. Así que el Señor obró primero aquello que era más necesario: «Hijo, tus pecados quedan perdonados».
Luego, para demostrarles a los escandalizados maestros de la Ley y a todos que Él verdaderamente «tiene poder en la tierra para perdonar pecados», le dice al paralítico que se levante, que tome su camilla y que vuelva a su casa, cosa que el paralítico restituido hace de inmediato. Si su palabra es eficaz para hacer andar nuevamente al paralítico, se deduce de ello que su palabra también es eficaz para perdonar los pecados, para curar la enfermedad del espíritu. El milagro es una prueba visible de la renovación invisible que el Señor ha obrado en aquel hombre al decirle “tus pecados quedan perdonados”. Por tanto, Cristo no blasfema: si Él —como queda demostrado— puede perdonar los pecados de otro por sí mismo, si tiene el poder que sólo Dios posee y lo ejerce como tal, es que Él, siendo hombre, es también Dios.
III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA
Llamamos pecado al intento de la criatura humana de querer llegar a ser dios en contra de Dios y de sus amorosos designios. Este intento implica la desconfianza en que Dios quiera el bien para ella, implica el rechazo de la invitación que Dios le hace a participar de su comunión divina de amor, implica el rechazo de participar de su misma naturaleza divina en comunión con Dios.
En este intento de autoafirmarse en sí misma la criatura rompe su vínculo y comunión con Aquel que es el fundamento de su mismo ser y existencia, fuente de su amor y felicidad. Como consecuencia, la criatura humana se quiebra interiormente al rechazar su verdadera identidad, aquello que ella es.
«El que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19,4). Quien quiere hacerse dios rechazando a Dios, a sí mismo se destruye. El pecado es un acto suicida. Quien por una u otra razón, ya sea consciente o inconscientemente, saca a Dios de su vida cotidiana, se aliena él mismo: se torna en un extraño para sí mismo porque pierde de vista su verdadera identidad, ya no sabe quién es, cuál el sentido verdadero de su existencia, cuál su último destino. Apartándose de Dios el ser humano termina apartándose de sí mismo, dimitiendo de su humanidad, renunciando a su verdadera grandeza. Termina roto, quebrado, frustrado.
Fruto de esa ruptura interior es la falta de armonía y paz interior que experimenta. Además, la guerra y tensión que vive en su interior inmediatamente se irradian hacia el exterior, afectando y quebrando sus relaciones con los demás: conflictos, abusos, atropellos, injusticias, asesinatos, venganzas, son algunas de las expresiones de la ruptura que vive con los demás, fruto de su ruptura con Dios y de su propia ruptura interior. Y a estas rupturas se suma finalmente la ruptura con todo lo creado, con la naturaleza que lo rodea, que se ve maltratada y depredada en escalas cada vez mayores por la codicia o egoísmo que anida en los corazones alejados de Dios. Toda esta situación de ruptura, toda esta división interior y exterior, todo el odio, el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la soledad, el mal, la muerte, son frutos amargos del pecado del hombre, del pecado de nuestros primeros padres y de nuestro pecado personal, el tuyo y el mío.
Pero he aquí que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas» (Sal 103,10). Su amor es más grande que nuestra ingratitud y nuestro rechazo. Ante la realidad de mi pecado, Cristo, el Hijo del Padre, ha pronunciado y está siempre dispuesto a pronunciar unas palabras tremendas: «Hijo, tus pecados te son perdonados». ¿Qué veía el Señor en aquel paralítico? ¿Qué de bueno ve en mí, cuando humilde me presento ante Él? Su mirada no se detiene en la discapacidad o mal físico: su mirada escruta el corazón del ser humano. ¿Y qué ve? ¡Él ve tu grandeza: eres hijo, eres hija amada de Dios! ¡Él conoce tu valor enorme! ¡Tú vales tanto para Él, que Él, Dios mismo, por ti se ha hecho hombre y ha derramado su Sangre en la Cruz! Y se compadece tanto al ver cómo tú te maltratas tanto a ti mismo, cómo tú por tu pecado te encuentras tan paralizado espiritualmente, herido profundamente con esta herida que es de muerte, que no duda un instante en hacerse hombre para sanarte, para perdonarte, para reconciliarte, para recuperar tu vida —sacrificando la suya propia—, para enseñarte a ti cómo ser verdaderamente hombre, cómo ser verdaderamente mujer, para que en Él y por Él puedas recorrer el Camino (ver Jn 14,6) que te llevará a “ser dios” por la participación de la misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1,4).
«He aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?» (Is 43,19). Dios cumple esta promesa por medio de su Hijo: «en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación» (2Cor 5,19). En Cristo, por el perdón de nuestros pecados, Dios nos reconcilia con Él, con nosotros mismos, con nuestros hermanos humanos y con la creación toda, Dios hace de nosotros hombres y mujeres nuevos.
No olvidemos nunca que en el sacramento de la Reconciliación es Cristo mismo quien nos espera para perdonar nuestros pecados. Por medio de su indigno ministro, es el Señor Jesús que allí me dice: “Hijo, hija, tus pecados quedan perdonados”. Pues Aquel que siendo Dios tiene el poder de perdonar verdaderamente los pecados, quiso comunicar ese mismo poder a sus Apóstoles al decirles: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,23). ¡No dejes de acudir a este sacramento toda vez que necesites encontrar el perdón de Dios por tus pecados!
¿Cómo ser agradecidos con Dios por tanto amor, por todo lo que ha hecho por nosotros? ¡Vivamos día a día conforme a la vida nueva que en Cristo nos ha regalado! ¡Vivamos cada día como hombres y mujeres reconciliados, como discípulos del Señor que impulsados por la fuerza de su Espíritu trabajemos también incansablemente por la reconciliación de todos los seres humanos!
IV. PADRES DE LA IGLESIA
San Beda: «Para curar, pues, a aquel hombre de la parálisis, el Señor empezó por desatar los lazos de sus pecados. De este modo le manifestó que a causa de ellos estaba sufriendo la inutilización de sus miembros, cuyo uso no podía recobrar sino desatando aquellos lazos. ¡Admirable humildad! Llama hijo a este hombre menospreciado y débil, cuyas fibras todas se hallaban relajadas y a quien los sacerdotes no se dignaban tocar ni ligeramente. Lo llama hijo con verdad, porque le son perdonados sus pecados».
San Cirilo de Alejandría: «Lo acusan de blasfemia, precipitando así su sentencia de muerte, porque mandaba la ley que fuese castigado de muerte cualquiera que blasfemase. Y lanzaban sobre Él esta sentencia, porque se atribuía la potestad divina de perdonar los pecados: “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”. El que es único juez de todos es, pues, el que tiene potestad de perdonar los pecados».
San Beda: «Por lo tanto se prueba que Cristo es verdaderamente Dios, porque puede como Dios perdonar los pecados. Se engañan los judíos quienes creyendo que el Cristo es Dios y que puede perdonar los pecados, no creen, sin embargo, que sea Jesús. (…) Mas deseando salvar a estos hombres maliciosos, manifiesta que es Dios por el conocimiento que tiene de las cosas ocultas y por el poder de sus obras. Por esto dice: “Mas como Jesús penetrase al momento con su espíritu esto mismo que interiormente pensaban, díceles: ¿Qué andáis revolviendo esos pensamientos en vuestros corazones?”. En lo cual manifiesta que es Dios, quien puede conocer los secretos del corazón y habla en cierta manera callando: con la misma majestad y poder con que veo vuestros pensamientos, puedo perdonar a los hombres sus delitos».
San Agustín: «Había allí gente que no podían ver la curación de la parálisis interior. Acusaron de blasfemo al médico que había efectuado la curación. “¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?” (Lc 5,21ss). Pero como este médico era Dios, conocía los pensamientos de los hombres. Ellos creían que Dios tenía este poder pero no veían a Dios presente delante de ellos. Entonces, este médico actúa también sobre el cuerpo del paralítico para curar la parálisis interior de aquellos que sólo entendían este lenguaje exterior. Realizaba algo que ellos pudieran ver para creer también ellos».
San Juan Crisóstomo: «También el enfermo tenía una gran fe, porque no se hubiera dejado transportar si no hubiera tenido una gran confianza en Jesús. Ante tanta fe, Jesús muestra su poder y, con autoridad divina, perdona los pecados al enfermo dando así prueba de ser igual a su Padre. Había ya demostrado esa igualdad cuando curó al leproso diciendo “Quiero, queda limpio”; cuando calmó el mar desatado y cuando echó a los demonios que habían reconocido en él a su soberano y su juez… Aquí muestra su poder, pero sin esplendor: no se ha apresurado a curar exteriormente al que le presentan. Ha comenzado por un milagro invisible; primero ha curado el alma de este hombre perdonándole los pecados».
V. CATECISMO DE LA IGLESIA
La realidad del pecado
386: El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia.
399: La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original. Tienen miedo de Dios de quien han concebido una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus prerrogativas.
400: La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra; la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones; sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio. La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil. A causa del hombre, la creación es sometida «a la servidumbre de la corrupción» (Rom 8,20). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia, se realizará: el hombre «volverá al polvo del que fue formado» (Gén 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad.
Sólo Dios perdona el pecado
1441: Sólo Dios perdona los pecados (ver Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: «Tus pecados están perdonados» (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (ver Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
1442: Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2Cor 5,18). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2Cor 5,20). (Ver 1443-1445)
El sacramento del perdón
1421: El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Ésta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos.
1446: Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como «la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia».
VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO (transcritas de textos publicados)
«La conversión, aunque pueda tener un momento o momentos fuertes, es un proceso. Cristo llama y no deja de llamar a la conversión: “¡Convertíos!”. La opción por responder al Plan de Dios es sostenida y nutrida por la gracia que es amorosamente derramada en los corazones por el Espíritu Santo y que impulsa a la persona a aspirar continuamente a una vida nueva. En ese sentido se da un combate en lo íntimo del ser humano. “Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos”.
Por el sacramento de la Confesión el pecador recurre a la misericordia divina, y reconociéndose frágil se abre a Dios que sale a su encuentro con el perdón, y a la Iglesia que lo recibe amorosa. La conversión como proceso de continua respuesta a la gratuita invitación de Dios a la reconciliación, alcanza en el sacramento un auxilio fundamental y con el perdón recibe también un don de gracia que impulsa a responder con mayor coherencia al divino designio de Amor.
La conversión y renovación personales, avanzando por los caminos que dispone el designio divino, es tarea de todos en el Pueblo de Dios. Con precisión señala el Catecismo que: “en su peregrinación, la Iglesia experimenta también hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio”. Y, refiriéndose al proceso de conversión que llama “segunda conversión”, dice también que “es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que ‘recibe en su propio seno a los pecadores’ y que siendo ‘santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación’. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del ‘corazón contrito’, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero”».
lunes, 23 de febrero de 2009
miércoles, 11 de febrero de 2009
Una hostia con Cristo. Esto es la vida del cristiano
Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. Antes de acudir a San Pablo, hoy vamos a llegarnos al Antiguo Testamento para ver lo que era el culto de los judíos, y que el mismo Pablo, judío tan riguroso, había practicado con fidelidad edificante. El culto judío se fundamentaba, ante todo, en los sacrificios, los cuales, según la Biblia, eran innumerables. Lo prescribía el mismo Dios, que había ordenado por Moisés: “Nadie se presentará delante de mí con las manos vacías” (Ex 23,15) Obedecía esta ley a la costumbre social de los pueblos orientales. El inferior lo hacía con el superior para demostrarle su reconocimiento: el pobre con el rico, el inferior con el superior, el ciudadano con el rey. Mostraban con ello respeto y sumisión, a la vez que lo empleaban para conseguir favores. Pues bien, los sacrificios en Israel eran múltiples y continuos: para alabar a Dios, para darle gracias, para implorar su perdón, para pedirle favores. Se le podían ofrecer a Dios objetos de oro y plata, otros bienes materiales, y más comúnmente los frutos del campo. Pero se le ofrecían sobre todo animales domésticos en cantidades ingentes. Dios aceptaba el sacrificio complacido, según esas expresiones bíblicas: “como perfume agradable”, “en olor de suavidad” y otras semejantes. Ahora bien, llegó un momento en el que los sacrificios desaparecieron. ¿Cuándo?... Para Israel, cuando fue destruido definitivamente el Templo de Jerusalén con su altar, y se extinguió además el sacerdocio levítico. Para los cristianos, antes todavía. Cuando Jesucristo se ofreció Él mismo en sacrificio sobre el altar de la cruz, de una vez para siempre, y acabó con todos los sacrificios de la Antigua Alianza. Jesucristo dejó únicamente para su Iglesia el único sacrificio del Calvario renovado, actualizado, hecho presente en la Eucaristía, la cual es el mismo e idéntico sacrificio de la Última Cena y de la Cruz. ¿A qué viene todo esto, que parece una lección de Biblia? Sólo a comentar una palabra de San Pablo. Desaparecieron los sacrificios del pueblo judío. Pero no desapareció lo que es el UNICO sacrificio de la Iglesia: la Eucaristía, el mismo sacrificio de Jesús en el Calvario, al cual se añade, mejor dicho, con el cual se ofrece el sacrificio de cada cristiano que se entrega a Dios junto con Jesucristo. A Dios le agradaban los sacrificios de Israel, ofrecidos con piedad, como dice el salmo: “Tus sacrificios los tengo siempre delante de mis ojos” (Sal 48,8) Pero esos sacrificios no iban a durar para siempre, como dijo el profeta cuando empezó a degradarse el culto: “No me gusta ni me agrada la oblación que me traen. De levante hasta poniente es gran-de mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerán a mi Nombre sacrificios y oblaciones puras, pues santo es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé Dios de los ejércitos” (Ml 1,10-11) Pablo tenía muy presente el sacrificio de Jesús en la Cruz y su renovación en la Eucarist-ía, y viene ahora con una palabra preciosa para todo cristiano: “Les exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; tal será su culto espiritual” (Ro 12,1) Pero al decir Pablo “ofrézcanse ustedes mismos”, ¿a qué se refiere? A todos los actos de la vida, que quedan convertidos en “buenos, agradables, perfectos”. Unido al sacrificio de Jesucristo, renovado en el altar, el cristiano tiene conciencia de que lo suyo es del mismo Jesucristo, que forma una sola oblación, y que es, por lo mismo, ese “sacrificio espiritual agradable a Dios” de que habla San Pablo. San Pablo parece que alude a esto cuando escribe a los de Corinto aquellas palabras refe-ridas a la vida de cada día: “Echen fuera la levadura vieja, el fermento de todo pecado. Sean masa nueva, panes ázimos, completamente puros” (1Co 5,7) ¿Para qué pensar en otros sacrificios? El de la propia persona es el que interesa. Aquellos sacrificios antiguos de la Biblia en tanto eran agradables a Dios en cuanto eran de animales puros, es decir, sin defectos que los hicieran poco presentables. A nadie se le ocurría ir al altar con un cordero cojo o un becerro con el cuerno roto. El sacerdote de la Ley lo hubiera rechazado sin más y lo hubiera tomado como una inju-ria a Dios. Por eso Pablo, al hablar de la vida cristiana como sacrificio espiritual y agradable a Dios, lo primero que exige es una conducta sin tacha: “Miren su vida anterior, y quiten de ella todo lo que signifique hombre viejo, que se co-rrompe con las malas pasiones… “Que desaparezca de ustedes toda amargura, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, impureza y codicia, que ni deben mencionarse entre ustedes”… Y pide, por el contrario, el pan ázimo de una vida intachable: “Al revés, revístanse del Hombre Nuevo, hecho de justicia y santidad, siendo amables con todos, compasivos, generosos… “Y vivan como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros como hostia y víctima de suave aroma” (Ef 4, 22-23, 31-32; 5,2-3) Esto es para Pablo ser una hostia con Cristo.Ninguna maldad que empañe la jornada. Toda obra buena en el proceder de cada día. ¿En qué se convierte la vida entonces? ¿En triste?... Solamente un desaprensivo podría decirlo. El Espíritu Santo, que ha santificado esa hostia del cristiano -igual que santifica el pan y el vino que se ponen en el altar-, hace que la vida sea amor, alegría, paz… (Gal 5,22) En todo sacrificio había una víctima que quedaba destrozada. Pero, quemada sobre el altar, se convertía en aroma suave, que llegaba a hacer las delicias de todo un Dios… Como las hace el cristiano y la cristiana cuando con Jesucristo se consumen en el Altar…
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. Antes de acudir a San Pablo, hoy vamos a llegarnos al Antiguo Testamento para ver lo que era el culto de los judíos, y que el mismo Pablo, judío tan riguroso, había practicado con fidelidad edificante. El culto judío se fundamentaba, ante todo, en los sacrificios, los cuales, según la Biblia, eran innumerables. Lo prescribía el mismo Dios, que había ordenado por Moisés: “Nadie se presentará delante de mí con las manos vacías” (Ex 23,15) Obedecía esta ley a la costumbre social de los pueblos orientales. El inferior lo hacía con el superior para demostrarle su reconocimiento: el pobre con el rico, el inferior con el superior, el ciudadano con el rey. Mostraban con ello respeto y sumisión, a la vez que lo empleaban para conseguir favores. Pues bien, los sacrificios en Israel eran múltiples y continuos: para alabar a Dios, para darle gracias, para implorar su perdón, para pedirle favores. Se le podían ofrecer a Dios objetos de oro y plata, otros bienes materiales, y más comúnmente los frutos del campo. Pero se le ofrecían sobre todo animales domésticos en cantidades ingentes. Dios aceptaba el sacrificio complacido, según esas expresiones bíblicas: “como perfume agradable”, “en olor de suavidad” y otras semejantes. Ahora bien, llegó un momento en el que los sacrificios desaparecieron. ¿Cuándo?... Para Israel, cuando fue destruido definitivamente el Templo de Jerusalén con su altar, y se extinguió además el sacerdocio levítico. Para los cristianos, antes todavía. Cuando Jesucristo se ofreció Él mismo en sacrificio sobre el altar de la cruz, de una vez para siempre, y acabó con todos los sacrificios de la Antigua Alianza. Jesucristo dejó únicamente para su Iglesia el único sacrificio del Calvario renovado, actualizado, hecho presente en la Eucaristía, la cual es el mismo e idéntico sacrificio de la Última Cena y de la Cruz. ¿A qué viene todo esto, que parece una lección de Biblia? Sólo a comentar una palabra de San Pablo. Desaparecieron los sacrificios del pueblo judío. Pero no desapareció lo que es el UNICO sacrificio de la Iglesia: la Eucaristía, el mismo sacrificio de Jesús en el Calvario, al cual se añade, mejor dicho, con el cual se ofrece el sacrificio de cada cristiano que se entrega a Dios junto con Jesucristo. A Dios le agradaban los sacrificios de Israel, ofrecidos con piedad, como dice el salmo: “Tus sacrificios los tengo siempre delante de mis ojos” (Sal 48,8) Pero esos sacrificios no iban a durar para siempre, como dijo el profeta cuando empezó a degradarse el culto: “No me gusta ni me agrada la oblación que me traen. De levante hasta poniente es gran-de mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerán a mi Nombre sacrificios y oblaciones puras, pues santo es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé Dios de los ejércitos” (Ml 1,10-11) Pablo tenía muy presente el sacrificio de Jesús en la Cruz y su renovación en la Eucarist-ía, y viene ahora con una palabra preciosa para todo cristiano: “Les exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; tal será su culto espiritual” (Ro 12,1) Pero al decir Pablo “ofrézcanse ustedes mismos”, ¿a qué se refiere? A todos los actos de la vida, que quedan convertidos en “buenos, agradables, perfectos”. Unido al sacrificio de Jesucristo, renovado en el altar, el cristiano tiene conciencia de que lo suyo es del mismo Jesucristo, que forma una sola oblación, y que es, por lo mismo, ese “sacrificio espiritual agradable a Dios” de que habla San Pablo. San Pablo parece que alude a esto cuando escribe a los de Corinto aquellas palabras refe-ridas a la vida de cada día: “Echen fuera la levadura vieja, el fermento de todo pecado. Sean masa nueva, panes ázimos, completamente puros” (1Co 5,7) ¿Para qué pensar en otros sacrificios? El de la propia persona es el que interesa. Aquellos sacrificios antiguos de la Biblia en tanto eran agradables a Dios en cuanto eran de animales puros, es decir, sin defectos que los hicieran poco presentables. A nadie se le ocurría ir al altar con un cordero cojo o un becerro con el cuerno roto. El sacerdote de la Ley lo hubiera rechazado sin más y lo hubiera tomado como una inju-ria a Dios. Por eso Pablo, al hablar de la vida cristiana como sacrificio espiritual y agradable a Dios, lo primero que exige es una conducta sin tacha: “Miren su vida anterior, y quiten de ella todo lo que signifique hombre viejo, que se co-rrompe con las malas pasiones… “Que desaparezca de ustedes toda amargura, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, impureza y codicia, que ni deben mencionarse entre ustedes”… Y pide, por el contrario, el pan ázimo de una vida intachable: “Al revés, revístanse del Hombre Nuevo, hecho de justicia y santidad, siendo amables con todos, compasivos, generosos… “Y vivan como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros como hostia y víctima de suave aroma” (Ef 4, 22-23, 31-32; 5,2-3) Esto es para Pablo ser una hostia con Cristo.Ninguna maldad que empañe la jornada. Toda obra buena en el proceder de cada día. ¿En qué se convierte la vida entonces? ¿En triste?... Solamente un desaprensivo podría decirlo. El Espíritu Santo, que ha santificado esa hostia del cristiano -igual que santifica el pan y el vino que se ponen en el altar-, hace que la vida sea amor, alegría, paz… (Gal 5,22) En todo sacrificio había una víctima que quedaba destrozada. Pero, quemada sobre el altar, se convertía en aroma suave, que llegaba a hacer las delicias de todo un Dios… Como las hace el cristiano y la cristiana cuando con Jesucristo se consumen en el Altar…
Los judíos. Gloria, caída y esperanza del gran pueblo
Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. ______________________________
Esa Carta a los Romanos, que nos entusiasma, llega a convertirse en una tragedia dolorosa cuando exclama Pablo: ¡Los judíos! ¡Mis queridos hermanos los judíos! ¡Los hijos de mi pueblo que no aceptan a Jesús, al Cristo que Dios había prometido a nuestros padres!... No me importaría nada convertirme en un maldito a trueque de que ellos se salven. ¡Los judíos, mis queridos paisanos los judíos!... Esto lo dice Pablo con el corazón deshecho al principio de los capítulos 9, 10 y 11 de la carta a los Romanos. Aunque al fin exclamará lleno de esperanza y con seguridad absoluta: ¡Dios no ha rechazado a su pueblo, que no ha tropezado para quedar caído por siempre!. ¡Su endurecimiento es sólo parcial, pues llegará un momento en que todo Israel será salvo! Sabemos muy bien lo que es el pueblo judío. Un pueblo privilegiado. Un pueblo de grandes genios. Un pueblo de enorme influencia en el mundo de todos los tiempos. Pero, por elogios que nosotros queramos tributar al pueblo judío, no lo haremos mejor que Pablo. Miremos lo que nos dice. Son israelitas, linaje glorioso de Jacob, el fuerte que luchó con Dios… Dios llama a Israel “mi hijo primogénito”, el pueblo predilecto… En el Arca manifestaba Dios su “gloria”, es decir, su presencia en medio del pueblo... Dios había pactado con Abraham, los patriarcas y con Moisés, “alianzas” perpetuas… Tenían una Ley, Constitución del pueblo, que lo convertía en un Estado teocrático, con Dios como único Jefe… Israel mantenía en el Templo un culto digno de Dios, frente a las aberraciones paganas… La “Promesa” hecha por Dios a Abraham era un privilegio único: por el pueblo judío vendría la salvación a todo el mundo… Promesa mantenida después a Isaac, Jacob y David… Los padres del pueblo, los que llamamos Patriarcas, constituían una gloria muy grande. Pero, claro está, la gloria suprema, inigualable, única, del pueblo judío es Cristo Jesús, el Mesías, el Salvador, el Rey inmortal de los siglos. Jesús, el Hijo de Dios, se hace Hombre al tomar su carne en el seno virginal de una Mujer judía. Y ese Hombre judío que es Jesús, hace exclamar a Pablo con entusiasmo inusitado: “De ellos, de los judíos, procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, y es Dios bendito por los siglos. Amén”. Aquí tenemos el espléndido palmarés de las gloria de los judíos descrito por Pablo, orgulloso de su pueblo (Ro 9,1-5) En el plan de Dios, el pueblo judío, Israel, era el primer destinatario de la salvación prometida. Pero, ¿qué ocurrió al venir Jesús?... Había en el pueblo una buena parte sencilla, creyente de verdad, llamados “los pobres de Yahvé”, que esperaban con puro corazón la salvación de Dios. Pero había otra parte, que era la de los dirigentes, con muy mala disposición. Los sumos sacerdotes apegados a sus privilegios. Los politiqueros herodianos aliados de Roma. Los del partido saduceo, materialistas y poco creyentes. Los escribas o letrados que habían recargado la Ley con prescripciones insoportables. Entre los fariseos, aunque había muchos buenos y fieles a Dios, la mayoría, junto con los escribas, habían llevado su fanatismo a extremos que hacían imposible la guarda de la Ley. Además, por una falsa apreciación de las Sagradas Escrituras, pensaban todos en un Mesías sociopolítico, que sujetaría las naciones bajo el mando de Israel. Jesús, con su predicación y actitud, fue rechazado por los dirigentes del pueblo y entregado a la autoridad romana para terminar en la cruz. A Jesús le dolía tanto la obstinación de los jefes del pueblo, que lloró sobre Jerusalén, al prever la catástrofe que le venía encima por no reconocerlo como su Cristo (Lc 19,41-44; Mt 23, 37-39) Jesús, con su doctrina, con sus milagros, con su amor, hizo hasta los imposibles para ganarse a Jerusalén, pero no hubo manera, de modo que dijo al llorar sobre la ciudad: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a los pollos bajo sus alas, y no has querido!”… Sin embargo, a pesar de la obstinación de los dirigentes, Dios seguía fiel a su promesa. Jesús fue el primero en decir que esa promesa se mantenía firme y que un día los judíos le reconocerán como el Cristo de Dios: “No me verán hasta que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Predicado Jesús por los apóstoles, testigos del Resucitado, los dirigentes siguieron negando a Jesús y arrastraron al pueblo a la incredulidad. Pero permanecía fiel una parte del pueblo, llamada por la Biblia “El Resto”, el grupo de creyentes que formaron la primitiva Iglesia. ¿Qué nos dice ahora Pablo? Ante todo, que Dios no ha abandonado a su pueblo (11, 1-32) Y Pablo nos lo dice con palabras vigorosas: “¿Ha rechazado Dios a su pueblo? ¡De ningún modo! Y la prueba la tienen en que yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín. ¡Dios no ha rechazado a su pueblo!... Los judíos han caído, pero no para siempre… ¡Hay que ver lo que serán cuando entren de lleno!... En cuanto al Evangelio, ahora se muestran enemigos; pero son muy amados de Dios como elegidos suyos. Porque los dones y la elección de Dios son irrevocables” Al rechazar los judíos la Buena Nueva, el Evangelio pasó a los pueblos gentiles; pero un día reconocerá Israel en Jesús a su Mesías, al Cristo, y se le entregará con verdadera pasión. Pablo usa una bella comparación campesina. Israel era el árbol hermoso plantado en el mundo por Dios. Cayeron muchas ramas que se secaron, y entonces se injertaron unas nuevas que eran los paganos. Pero el tronco, judío, no se secó. La raíz sigue viva, y un día llegará a vigorizar toda la planta. Y entonces, ¡qué árbol tan frondoso y bello será la Iglesia entera, formada por el pueblo judío, el primer elegido, y por todos los demás pueblos de la Tierra! Dios tiene trazado su proyecto, sabio y lleno de amor, al que nosotros aportamos humildemente nuestra oración, que siempre es escuchada. Ante estas realidades, ¡qué insensato resulta el antisemitismo de todos los tiempos! ¡Mientras que es tan bello y consolador el soñar en el abrazo que Israel recibirá de todas las gentes redimidas por Jesús! Entonces el mundo reconocerá y agradecerá al pueblo judío -y se lo agradecemos también ahora-, el habernos dado a Jesucristo, nuestro adorado Redentor…
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. ______________________________
Esa Carta a los Romanos, que nos entusiasma, llega a convertirse en una tragedia dolorosa cuando exclama Pablo: ¡Los judíos! ¡Mis queridos hermanos los judíos! ¡Los hijos de mi pueblo que no aceptan a Jesús, al Cristo que Dios había prometido a nuestros padres!... No me importaría nada convertirme en un maldito a trueque de que ellos se salven. ¡Los judíos, mis queridos paisanos los judíos!... Esto lo dice Pablo con el corazón deshecho al principio de los capítulos 9, 10 y 11 de la carta a los Romanos. Aunque al fin exclamará lleno de esperanza y con seguridad absoluta: ¡Dios no ha rechazado a su pueblo, que no ha tropezado para quedar caído por siempre!. ¡Su endurecimiento es sólo parcial, pues llegará un momento en que todo Israel será salvo! Sabemos muy bien lo que es el pueblo judío. Un pueblo privilegiado. Un pueblo de grandes genios. Un pueblo de enorme influencia en el mundo de todos los tiempos. Pero, por elogios que nosotros queramos tributar al pueblo judío, no lo haremos mejor que Pablo. Miremos lo que nos dice. Son israelitas, linaje glorioso de Jacob, el fuerte que luchó con Dios… Dios llama a Israel “mi hijo primogénito”, el pueblo predilecto… En el Arca manifestaba Dios su “gloria”, es decir, su presencia en medio del pueblo... Dios había pactado con Abraham, los patriarcas y con Moisés, “alianzas” perpetuas… Tenían una Ley, Constitución del pueblo, que lo convertía en un Estado teocrático, con Dios como único Jefe… Israel mantenía en el Templo un culto digno de Dios, frente a las aberraciones paganas… La “Promesa” hecha por Dios a Abraham era un privilegio único: por el pueblo judío vendría la salvación a todo el mundo… Promesa mantenida después a Isaac, Jacob y David… Los padres del pueblo, los que llamamos Patriarcas, constituían una gloria muy grande. Pero, claro está, la gloria suprema, inigualable, única, del pueblo judío es Cristo Jesús, el Mesías, el Salvador, el Rey inmortal de los siglos. Jesús, el Hijo de Dios, se hace Hombre al tomar su carne en el seno virginal de una Mujer judía. Y ese Hombre judío que es Jesús, hace exclamar a Pablo con entusiasmo inusitado: “De ellos, de los judíos, procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, y es Dios bendito por los siglos. Amén”. Aquí tenemos el espléndido palmarés de las gloria de los judíos descrito por Pablo, orgulloso de su pueblo (Ro 9,1-5) En el plan de Dios, el pueblo judío, Israel, era el primer destinatario de la salvación prometida. Pero, ¿qué ocurrió al venir Jesús?... Había en el pueblo una buena parte sencilla, creyente de verdad, llamados “los pobres de Yahvé”, que esperaban con puro corazón la salvación de Dios. Pero había otra parte, que era la de los dirigentes, con muy mala disposición. Los sumos sacerdotes apegados a sus privilegios. Los politiqueros herodianos aliados de Roma. Los del partido saduceo, materialistas y poco creyentes. Los escribas o letrados que habían recargado la Ley con prescripciones insoportables. Entre los fariseos, aunque había muchos buenos y fieles a Dios, la mayoría, junto con los escribas, habían llevado su fanatismo a extremos que hacían imposible la guarda de la Ley. Además, por una falsa apreciación de las Sagradas Escrituras, pensaban todos en un Mesías sociopolítico, que sujetaría las naciones bajo el mando de Israel. Jesús, con su predicación y actitud, fue rechazado por los dirigentes del pueblo y entregado a la autoridad romana para terminar en la cruz. A Jesús le dolía tanto la obstinación de los jefes del pueblo, que lloró sobre Jerusalén, al prever la catástrofe que le venía encima por no reconocerlo como su Cristo (Lc 19,41-44; Mt 23, 37-39) Jesús, con su doctrina, con sus milagros, con su amor, hizo hasta los imposibles para ganarse a Jerusalén, pero no hubo manera, de modo que dijo al llorar sobre la ciudad: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a los pollos bajo sus alas, y no has querido!”… Sin embargo, a pesar de la obstinación de los dirigentes, Dios seguía fiel a su promesa. Jesús fue el primero en decir que esa promesa se mantenía firme y que un día los judíos le reconocerán como el Cristo de Dios: “No me verán hasta que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Predicado Jesús por los apóstoles, testigos del Resucitado, los dirigentes siguieron negando a Jesús y arrastraron al pueblo a la incredulidad. Pero permanecía fiel una parte del pueblo, llamada por la Biblia “El Resto”, el grupo de creyentes que formaron la primitiva Iglesia. ¿Qué nos dice ahora Pablo? Ante todo, que Dios no ha abandonado a su pueblo (11, 1-32) Y Pablo nos lo dice con palabras vigorosas: “¿Ha rechazado Dios a su pueblo? ¡De ningún modo! Y la prueba la tienen en que yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín. ¡Dios no ha rechazado a su pueblo!... Los judíos han caído, pero no para siempre… ¡Hay que ver lo que serán cuando entren de lleno!... En cuanto al Evangelio, ahora se muestran enemigos; pero son muy amados de Dios como elegidos suyos. Porque los dones y la elección de Dios son irrevocables” Al rechazar los judíos la Buena Nueva, el Evangelio pasó a los pueblos gentiles; pero un día reconocerá Israel en Jesús a su Mesías, al Cristo, y se le entregará con verdadera pasión. Pablo usa una bella comparación campesina. Israel era el árbol hermoso plantado en el mundo por Dios. Cayeron muchas ramas que se secaron, y entonces se injertaron unas nuevas que eran los paganos. Pero el tronco, judío, no se secó. La raíz sigue viva, y un día llegará a vigorizar toda la planta. Y entonces, ¡qué árbol tan frondoso y bello será la Iglesia entera, formada por el pueblo judío, el primer elegido, y por todos los demás pueblos de la Tierra! Dios tiene trazado su proyecto, sabio y lleno de amor, al que nosotros aportamos humildemente nuestra oración, que siempre es escuchada. Ante estas realidades, ¡qué insensato resulta el antisemitismo de todos los tiempos! ¡Mientras que es tan bello y consolador el soñar en el abrazo que Israel recibirá de todas las gentes redimidas por Jesús! Entonces el mundo reconocerá y agradecerá al pueblo judío -y se lo agradecemos también ahora-, el habernos dado a Jesucristo, nuestro adorado Redentor…
domingo, 8 de febrero de 2009
La tempestad calmada
Fuente: Catholic.net
Autor: Estanislao Mª García
Marcos 4, 35-41
Aquel día, al atardecer, les dice: Pasemos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen? Reflexión Han pasado más de dos mil años desde que Jesucristo fundó la Iglesia. Han pasado más de dos mil años de cristianismo y parece que todo se viene abajo; parece que las nuevas doctrinas religiosas están tomando el puesto de la Iglesia, pero no es así. La Iglesia parece naufragar en la tempestad del mundo y en los problemas que se le presentan; pero cada vez que los hombres dudamos se alza una voz que parece despertar de un largo sueño: ¡No temáis, tened fe! Y el mar vuelve a la calma; la barca de Pedro sigue su rumbo a través de los años, los siglos y los milenios. Cristo no está lejos de nosotros; duerme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, Él tome el timón de nuestra vida. Además en el mar de nuestra vida brilla una estrella; relampaguea en el cielo de nuestra alma la estrella de María, para que no perdamos el rumbo.
Autor: Estanislao Mª García
Marcos 4, 35-41
Aquel día, al atardecer, les dice: Pasemos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen? Reflexión Han pasado más de dos mil años desde que Jesucristo fundó la Iglesia. Han pasado más de dos mil años de cristianismo y parece que todo se viene abajo; parece que las nuevas doctrinas religiosas están tomando el puesto de la Iglesia, pero no es así. La Iglesia parece naufragar en la tempestad del mundo y en los problemas que se le presentan; pero cada vez que los hombres dudamos se alza una voz que parece despertar de un largo sueño: ¡No temáis, tened fe! Y el mar vuelve a la calma; la barca de Pedro sigue su rumbo a través de los años, los siglos y los milenios. Cristo no está lejos de nosotros; duerme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, Él tome el timón de nuestra vida. Además en el mar de nuestra vida brilla una estrella; relampaguea en el cielo de nuestra alma la estrella de María, para que no perdamos el rumbo.
Hijos y herederos. ¿Valoramos lo que somos?
Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. _____________________________ En la carta tan excepcional del Pablo a los Romanos leemos un párrafo que es de lo mejor que salió de su pluma, cuando nos dice: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados. Y estos sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de maniestar en nosotros” (Ro 8,14-18) Vale la pena pensar reposadamente en estas palabras grandiosas de Pablo. Vernos amados de Dios como hijos e hijas es la dicha más grande. Y saber que nuestro Padre es nada menos que Dios es el mayor orgullo… La primera palabra es orientadora y exigente: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. El cristiano se demuestra hijo o hija de Dios porque se deja llevar por el Espíritu Santo. Es decir, no hace caso de las pasiones que le arrastran al mal, sino que aspira siempre a agradar a Dios su Padre, como lo hacía el mismo Jesús. ¿Es por eso triste la vida del cristiano, al no seguir las corrientes del mundo? ¡Oh, eso sí que no!... Porque el cristiano es el ser más libre que existe. Pablo nos lo ha dicho con estas palabras: “Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos”. El miedo del esclavo no es cristiano, aunque sea muy cristiano el temor reverente a Dios, nuestro Padre. El cristiano sabe que Dios es su Padre, no pierde la confianza en la adversidad, y reacciona siempre diciendo: “¡Bendito sea Dios! ¡Que se cumpla su voluntad!”... Hasta en la misma culpa, le habla a Dios con un humilde “¡Padre, perdóname!”... Pablo nos da ahora la palabra clave y que lo encierra todo: “Somos hijos adoptivos, y podemos exclamar: ¡Abbá, Padre!” No podemos encontrar en toda la Biblia una expresión con mayor ternura. Con toda confianza llamamos a Dios: “¡Papá!”. ¿Qué significa esto? En arameo, lengua que hablaba Jesús, “Abbá” era decir “Papá”, la expresión que emplea al niño para dirigirse a su padre. Jesús la puso en nuestros labios al dictarnos su oración del Padre nuestro. Y quiso que nosotros llamáramos a Dios con la misma palabra tierna con que lo llamaba Él, su Hijo natural, el Hijo de Dios hecho Hombre. Los primeros cristianos, como lo hace Pablo ahora, unían las dos palabras -la aramea “Abbá” y la griega o latina “Padre”- para volcar en la última toda la ternura del amor con que queremos a Dios, el cual es nuestro Padre, nuestro Papá… Esto nos lo dicta nuestro mismo espíritu, nuestro sentimiento de hijos. Pero a ese nuestro espíritu se le une otro Espíritu, muy diferente del nuestro, e infinitamente superior a nosotros, que nos empuja a llamar así a Dios, ¡Padre, Papá!, como nos asegura San Pablo: “El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios”. Aunque adoptados, somos hijos verdaderos, engendrados por Dios en el bautismo, con el que nos ha comunicado su vida divina. Ahora Pablo nos expresa el designio último de Dios: “Y, si somos hijos, también somos herederos”. Dios es un Padre y un propietario muy rico, infinitamente rico. Porque la riqueza de Dios, el Padre y el Dueño de todo, es el mismo Dios, es su misma gloria, la que Él posee desde toda la eternidad. Es la gloria que Dios Padre dio a su Hijo el Resucitado después de su pasión y muerte en la cruz, como se lo había pedido el mismo Jesús: “Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la misma gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo existiera” (Jn 17,5) Pues esa herencia, la misma de Jesús, es la que Dios nuestro Padre da a cada uno de sus hijos e hijas, que somos nosotros, y así nos lo dice ahora Pablo: “Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Es cierto. El gran heredero, el primero de todos, es el Hijo primogénito. Pero no es Jesús el heredero único. Porque Dios tiene muchos hijos e hijas, y a cada uno le toca su buena parte en la herencia. El Cielo de Jesús va a ser el mismo Cielo nuestro. ¿Nos va a costar algo el hacernos con la herencia de Dios?... La herencia es gratuita. Pero Dios nos pide la colaboración de unirnos al Jesús que muere por nosotros. “Seremos herederos si es que compartimos sus sufrimientos, los de Cristo, para ser también con él glorificados… “Aunque los sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”. ¿Qué decimos de semejante párrafo de la carta a los Romanos?... Hay para pensar. Hay para soñar. Hay para esperar. Hay para entusiasmarse… Hijos e hijas de Dios… ¡Como quien no dice nada! Dios es mi Padre, mi Papá… ¡Así lo llamaba Jesús! ¡Así lo llamamos nosotros! Dios, su gloria eterna, la herencia de Jesús, el Hijo… ¡Vaya inmensidad de herencia! Dios, el mismo Dios, nuestra herencia de hijos, los hermanos de Jesús… Ante tales promesas y ante una seguridad semejante, significan muy poco los contratiempos actuales, las pequeñeces que nos pueden venir encima... Además. Sentirse amados de Dios como hijos… amar a Dios como Padre amoroso… esperar una herencia eterna tan espléndida… ¿No es esto lo que salvaría a tantos desesperados del mundo de hoy?... Todo esto nos dice Pablo en el punto culminante de sus cartas. ¿Vale la pena ser unos bautizados, ser cristianos, para sentirse unos hijos y unos herederos de semejante categoría?...
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. _____________________________ En la carta tan excepcional del Pablo a los Romanos leemos un párrafo que es de lo mejor que salió de su pluma, cuando nos dice: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados. Y estos sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de maniestar en nosotros” (Ro 8,14-18) Vale la pena pensar reposadamente en estas palabras grandiosas de Pablo. Vernos amados de Dios como hijos e hijas es la dicha más grande. Y saber que nuestro Padre es nada menos que Dios es el mayor orgullo… La primera palabra es orientadora y exigente: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. El cristiano se demuestra hijo o hija de Dios porque se deja llevar por el Espíritu Santo. Es decir, no hace caso de las pasiones que le arrastran al mal, sino que aspira siempre a agradar a Dios su Padre, como lo hacía el mismo Jesús. ¿Es por eso triste la vida del cristiano, al no seguir las corrientes del mundo? ¡Oh, eso sí que no!... Porque el cristiano es el ser más libre que existe. Pablo nos lo ha dicho con estas palabras: “Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; sino que han recibido un espíritu de hijos adoptivos”. El miedo del esclavo no es cristiano, aunque sea muy cristiano el temor reverente a Dios, nuestro Padre. El cristiano sabe que Dios es su Padre, no pierde la confianza en la adversidad, y reacciona siempre diciendo: “¡Bendito sea Dios! ¡Que se cumpla su voluntad!”... Hasta en la misma culpa, le habla a Dios con un humilde “¡Padre, perdóname!”... Pablo nos da ahora la palabra clave y que lo encierra todo: “Somos hijos adoptivos, y podemos exclamar: ¡Abbá, Padre!” No podemos encontrar en toda la Biblia una expresión con mayor ternura. Con toda confianza llamamos a Dios: “¡Papá!”. ¿Qué significa esto? En arameo, lengua que hablaba Jesús, “Abbá” era decir “Papá”, la expresión que emplea al niño para dirigirse a su padre. Jesús la puso en nuestros labios al dictarnos su oración del Padre nuestro. Y quiso que nosotros llamáramos a Dios con la misma palabra tierna con que lo llamaba Él, su Hijo natural, el Hijo de Dios hecho Hombre. Los primeros cristianos, como lo hace Pablo ahora, unían las dos palabras -la aramea “Abbá” y la griega o latina “Padre”- para volcar en la última toda la ternura del amor con que queremos a Dios, el cual es nuestro Padre, nuestro Papá… Esto nos lo dicta nuestro mismo espíritu, nuestro sentimiento de hijos. Pero a ese nuestro espíritu se le une otro Espíritu, muy diferente del nuestro, e infinitamente superior a nosotros, que nos empuja a llamar así a Dios, ¡Padre, Papá!, como nos asegura San Pablo: “El mismo Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios”. Aunque adoptados, somos hijos verdaderos, engendrados por Dios en el bautismo, con el que nos ha comunicado su vida divina. Ahora Pablo nos expresa el designio último de Dios: “Y, si somos hijos, también somos herederos”. Dios es un Padre y un propietario muy rico, infinitamente rico. Porque la riqueza de Dios, el Padre y el Dueño de todo, es el mismo Dios, es su misma gloria, la que Él posee desde toda la eternidad. Es la gloria que Dios Padre dio a su Hijo el Resucitado después de su pasión y muerte en la cruz, como se lo había pedido el mismo Jesús: “Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la misma gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo existiera” (Jn 17,5) Pues esa herencia, la misma de Jesús, es la que Dios nuestro Padre da a cada uno de sus hijos e hijas, que somos nosotros, y así nos lo dice ahora Pablo: “Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Es cierto. El gran heredero, el primero de todos, es el Hijo primogénito. Pero no es Jesús el heredero único. Porque Dios tiene muchos hijos e hijas, y a cada uno le toca su buena parte en la herencia. El Cielo de Jesús va a ser el mismo Cielo nuestro. ¿Nos va a costar algo el hacernos con la herencia de Dios?... La herencia es gratuita. Pero Dios nos pide la colaboración de unirnos al Jesús que muere por nosotros. “Seremos herederos si es que compartimos sus sufrimientos, los de Cristo, para ser también con él glorificados… “Aunque los sufrimientos actuales no se pueden comparar con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”. ¿Qué decimos de semejante párrafo de la carta a los Romanos?... Hay para pensar. Hay para soñar. Hay para esperar. Hay para entusiasmarse… Hijos e hijas de Dios… ¡Como quien no dice nada! Dios es mi Padre, mi Papá… ¡Así lo llamaba Jesús! ¡Así lo llamamos nosotros! Dios, su gloria eterna, la herencia de Jesús, el Hijo… ¡Vaya inmensidad de herencia! Dios, el mismo Dios, nuestra herencia de hijos, los hermanos de Jesús… Ante tales promesas y ante una seguridad semejante, significan muy poco los contratiempos actuales, las pequeñeces que nos pueden venir encima... Además. Sentirse amados de Dios como hijos… amar a Dios como Padre amoroso… esperar una herencia eterna tan espléndida… ¿No es esto lo que salvaría a tantos desesperados del mundo de hoy?... Todo esto nos dice Pablo en el punto culminante de sus cartas. ¿Vale la pena ser unos bautizados, ser cristianos, para sentirse unos hijos y unos herederos de semejante categoría?...
¿Hacer más o hacer mejor?
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual LC
La eficiencia, en ocasiones, nos obsesiona. Queremos rendir más, aprovechar a fondo el tiempo, atender varios asuntos a la vez, conquistar metas y más metas. Al final del día podemos sentirnos satisfechos al recordar que hemos hecho “muchas cosas”. La enumeración empieza con el excelente editorial que leímos por la mañana, el desayuno consumido en menos tiempo, la llegada a tiempo al trabajo, el haber terminado 15 asuntos pendientes, el haber respondido a más de 30 mensajes del correo electrónico, y un largo etcétera de pequeñas, medianas o grandes realizaciones. Pero si vamos más a fondo, ¿estamos de verdad satisfechos? Hemos hecho muchas cosas, hemos rendido más de lo ordinario, hemos tenido un día “lleno”. ¿Basta eso o quedó algo pendiente, dejé de lado otras “cosas” mucho más importantes? Es posible vivir con la agenda repleta de compromisos y con un gran vacío en el corazón. Quizá ocurre eso porque la avalancha de actividades nos ha alejado de lo más importante, porque hemos perdido la brújula y no sabíamos exactamente hacia dónde queríamos llegar. No podemos recorrer el camino de la vida bajo un frenesí de acciones y bajo un esfuerzo, casi titánico, por llevar a cabo miles de cosas que nos dispersan y que nos esclavizan. Hemos sido creados para algo mucho más grande, más noble, más profundo, más hermoso. La verdadera vocación del hombre está no en el hacer, sino en el amar. Juan Pablo II lo explicaba con estas palabras: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Redemptor hominis, n. 10). Nuestra plenitud no está en la técnica, ni en la televisión, ni en internet, ni en los crucigramas, ni en la conquista de una buena forma física, ni en la dieta, ni en la lectura de novelas apasionantes o de libros de ciencia. Nuestra plenitud está en aprender a vivir según nuestra naturaleza íntima, profunda: según el plan de Dios, que nos hizo por amor y nos invita cada día a amar. La pregunta que deberíamos formular al acostarnos no es si hice más, sino sencillamente si hice mejor, si hice bien, si hice con amor, si hice para amar. No vale la pena hacer miles de cosas. Hay una única cosa importante: “Sólo vale la pena el amor, que es lo que hace posible la eternidad” (José María Pérez Lozano).
Autor: P. Fernando Pascual LC
La eficiencia, en ocasiones, nos obsesiona. Queremos rendir más, aprovechar a fondo el tiempo, atender varios asuntos a la vez, conquistar metas y más metas. Al final del día podemos sentirnos satisfechos al recordar que hemos hecho “muchas cosas”. La enumeración empieza con el excelente editorial que leímos por la mañana, el desayuno consumido en menos tiempo, la llegada a tiempo al trabajo, el haber terminado 15 asuntos pendientes, el haber respondido a más de 30 mensajes del correo electrónico, y un largo etcétera de pequeñas, medianas o grandes realizaciones. Pero si vamos más a fondo, ¿estamos de verdad satisfechos? Hemos hecho muchas cosas, hemos rendido más de lo ordinario, hemos tenido un día “lleno”. ¿Basta eso o quedó algo pendiente, dejé de lado otras “cosas” mucho más importantes? Es posible vivir con la agenda repleta de compromisos y con un gran vacío en el corazón. Quizá ocurre eso porque la avalancha de actividades nos ha alejado de lo más importante, porque hemos perdido la brújula y no sabíamos exactamente hacia dónde queríamos llegar. No podemos recorrer el camino de la vida bajo un frenesí de acciones y bajo un esfuerzo, casi titánico, por llevar a cabo miles de cosas que nos dispersan y que nos esclavizan. Hemos sido creados para algo mucho más grande, más noble, más profundo, más hermoso. La verdadera vocación del hombre está no en el hacer, sino en el amar. Juan Pablo II lo explicaba con estas palabras: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Redemptor hominis, n. 10). Nuestra plenitud no está en la técnica, ni en la televisión, ni en internet, ni en los crucigramas, ni en la conquista de una buena forma física, ni en la dieta, ni en la lectura de novelas apasionantes o de libros de ciencia. Nuestra plenitud está en aprender a vivir según nuestra naturaleza íntima, profunda: según el plan de Dios, que nos hizo por amor y nos invita cada día a amar. La pregunta que deberíamos formular al acostarnos no es si hice más, sino sencillamente si hice mejor, si hice bien, si hice con amor, si hice para amar. No vale la pena hacer miles de cosas. Hay una única cosa importante: “Sólo vale la pena el amor, que es lo que hace posible la eternidad” (José María Pérez Lozano).
Ese octavo de los Romanos! La página cumbre de Pablo
Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. ________________________________
¡Cuántas veces en nuestras pláticas hemos traído citas y más citas del capítulo octavo de la Carta a los Romanos! Es inagotable su riqueza. Hoy nos vamos a entretener sólo con esa página que constituye la cumbre de los escritos de Pablo. Empezó Pablo la carta exponiendo la tragedia del pecado. Pero viene ahora la respuesta de Dios, y Pablo le asegura al cristiano: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo haya muerto a causa del pecado, su alma está viva a causa de la santidad. Y si el Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu resucitará un día sus cuerpos mortales”. ¡Qué ánimo infunden estas palabras! ¿Hay que morir? Pues, ¡a morir!... Porque si resucitó Cristo, Cabeza nuestra, resucitaremos también nosotros. Y resucitaremos para no morir más, como Jesús, que, como ha dicho antes Pablo, “resucitando de entre los muertos, Cristo ya no muere más; con su cuerpo resucitado vive para Dios, eternamente como Dios” (Ro 6,9-10) Pasa Pablo después a decirnos algo grande, bello, consolador: No han recibido un espíritu de esclavos, para vivir con temor, sino que han recibido el espíritu de hijos, unos hijos adoptivos, pero verdaderos, espíritu que nos hace exclamar: ¡Abbá! ¡Padre! ¡Papá!... Esto es sublime. ¿Podía cabernos en la cabeza el llamar así a Dios, Padre, Papá?... Pablo ha conservado aquí la palabra aramea “Abbá”, equivalente a nuestro cariñoso “Papá”. Así llamaba Jesús a Dios su Padre. Así nos enseñó a llamarlo nosotros con la primera palabra del Padrenuestro: ¡Papá! ¡Papá!... ¿Ha sido esta una ocurrencia de Pablo? No. El mismo Pablo nos asegura que esa manera de orar nos la está dictando, sin nosotros darnos cuenta, el mismo Espíritu Santo: Nosotros no sabemos cómo rezar; pero viene entonces el Espíritu Santo en ayuda nuestra, y es Él quien ora en nosotros con suspiros inefables, que nosotros mismos somos incapaces de expresar… Sigue Pablo con otra afirmación colosal: Si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo. Hemos padecido con Él, pues con Él seremos también glorificados... Dios es muy rico; tiene una herencia inmensa, ¿y para quién va a ser la herencia, esa su Gloria, ese su Cielo? ¿A quién se la ha dejado Dios como en testamento? ¡Pues, a los hijos! Y Pablo señala con precisión magnífica: ¿Qué hijos? Ante todo, Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, al que le dijo en la Ascensión: “¡Ven aquí, y siéntate a mi derecha! Te constituyo heredero universal” (Hb 1,2) Jesucristo sabía que esto iba a ser así, y por eso le pidió al Padre antes de ir a la muerte: Quiero que donde yo esté estén también estos mis hermanos que tú me diste, para que contemplen y tengan mi misma gloria (Jn 17,24). La herencia de Dios, que es su Gloria, es para nosotros, los hijos e hijas de Dios. Pablo, sin embargo, sabe lo que nos espera mientras estamos en el mundo: trabajo, su-frimiento, deberes costosos, todo eso que constituye nuestra cruz. Pero, ¿hay que temer la cruz? No, porque todo eso es la participación de los sufrimientos de Jesucristo Crucificado. Llevados gozosamente en unión con Jesús, Pablo los ve como la aportación voluntaria que hacemos a la obra del Señor, y nos dice: ¡Animo! Si padecemos con Jesús, con Él seremos también glorificados… Por otra parte, Dios es tan sabio y tan providente, que esos sufrimientos, igual que los acontecimientos que no acabamos de entender, “Dios los orienta de manera que todos sirvan para el bien y la salvación de los elegidos”. Pablo se está elevando cada vez más en esta página imponderable. Y llega a meterse en la intimidad eterna de Dios, que dio un vistazo a la creación que iba a salir de sus manos. Vio una multitud de hombres y mujeres, en medio de los cuales estaba su Hijo que se iba a encarnar y hacerse uno de ellos, y se dijo: A todos estos que contemplo, a todos los predestino; todos quedan elegidos para ser como mi Hijo; a todos los llamo; a todos los santifico; a todos los he de glorificar… Éste fue el plan grandioso de Dios. Sólo quedarían fuera de la salvación los que no quisieran ser de Dios ni aceptaran a Jeucristo, al que Dios iba a enviar para la salvación de todos. Llegado a este punto Pablo, empiezan sus exclamaciones triunfales. Y la primera es ésta: Ante esto, ¿qué diremos? ¿Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”… Si Dios, por salvarnos, no dudó en entregar su propio Hijo a la muerte, ¿qué le importa darnos todo lo demás, si todo junto no vale nada ante su Hijo Jesús?... Y ante el miedo que pudiéramos sentir por nosotros mismos, Pablo sigue con energía: ¿Piensan que va a acusarnos Dios por nuestros pecados anteriores, el Dios que mandó a su Hijo a la muerte por salvarnos?... ¿Creen que Jesucristo, el que murió por nosotros, nos va a juzgar para condenarnos?... ¡Imposible, imposible del todo! Pablo acaba de la manera más grandiosa, más apasionante, más enardecedora, con una protesta de amor como no se encuentra una semejante en toda la Biblia: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... En todas estas cosas salimos más que vencedores gracias a Aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni espíritus enemigos, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús Señor nuestro. Pablo se nos ha revelado hoy en la cumbre de su pensamiento y de su amor. Esta capítulo octavo a los Romanos no cansa el leerlo. Nos asombra su profundidad. Nos enciende el corazón. Nos entusiasma hasta el delirio. Nos apasiona por Jesús… ¿Qué nos queda a nosotros cuando lo leemos?... Pensar también, y amar. Lo demás, importa poco…
Autor: Pedro García Misionero Claretiano
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente. En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano. ________________________________
¡Cuántas veces en nuestras pláticas hemos traído citas y más citas del capítulo octavo de la Carta a los Romanos! Es inagotable su riqueza. Hoy nos vamos a entretener sólo con esa página que constituye la cumbre de los escritos de Pablo. Empezó Pablo la carta exponiendo la tragedia del pecado. Pero viene ahora la respuesta de Dios, y Pablo le asegura al cristiano: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo haya muerto a causa del pecado, su alma está viva a causa de la santidad. Y si el Espíritu Santo que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu resucitará un día sus cuerpos mortales”. ¡Qué ánimo infunden estas palabras! ¿Hay que morir? Pues, ¡a morir!... Porque si resucitó Cristo, Cabeza nuestra, resucitaremos también nosotros. Y resucitaremos para no morir más, como Jesús, que, como ha dicho antes Pablo, “resucitando de entre los muertos, Cristo ya no muere más; con su cuerpo resucitado vive para Dios, eternamente como Dios” (Ro 6,9-10) Pasa Pablo después a decirnos algo grande, bello, consolador: No han recibido un espíritu de esclavos, para vivir con temor, sino que han recibido el espíritu de hijos, unos hijos adoptivos, pero verdaderos, espíritu que nos hace exclamar: ¡Abbá! ¡Padre! ¡Papá!... Esto es sublime. ¿Podía cabernos en la cabeza el llamar así a Dios, Padre, Papá?... Pablo ha conservado aquí la palabra aramea “Abbá”, equivalente a nuestro cariñoso “Papá”. Así llamaba Jesús a Dios su Padre. Así nos enseñó a llamarlo nosotros con la primera palabra del Padrenuestro: ¡Papá! ¡Papá!... ¿Ha sido esta una ocurrencia de Pablo? No. El mismo Pablo nos asegura que esa manera de orar nos la está dictando, sin nosotros darnos cuenta, el mismo Espíritu Santo: Nosotros no sabemos cómo rezar; pero viene entonces el Espíritu Santo en ayuda nuestra, y es Él quien ora en nosotros con suspiros inefables, que nosotros mismos somos incapaces de expresar… Sigue Pablo con otra afirmación colosal: Si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo. Hemos padecido con Él, pues con Él seremos también glorificados... Dios es muy rico; tiene una herencia inmensa, ¿y para quién va a ser la herencia, esa su Gloria, ese su Cielo? ¿A quién se la ha dejado Dios como en testamento? ¡Pues, a los hijos! Y Pablo señala con precisión magnífica: ¿Qué hijos? Ante todo, Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, al que le dijo en la Ascensión: “¡Ven aquí, y siéntate a mi derecha! Te constituyo heredero universal” (Hb 1,2) Jesucristo sabía que esto iba a ser así, y por eso le pidió al Padre antes de ir a la muerte: Quiero que donde yo esté estén también estos mis hermanos que tú me diste, para que contemplen y tengan mi misma gloria (Jn 17,24). La herencia de Dios, que es su Gloria, es para nosotros, los hijos e hijas de Dios. Pablo, sin embargo, sabe lo que nos espera mientras estamos en el mundo: trabajo, su-frimiento, deberes costosos, todo eso que constituye nuestra cruz. Pero, ¿hay que temer la cruz? No, porque todo eso es la participación de los sufrimientos de Jesucristo Crucificado. Llevados gozosamente en unión con Jesús, Pablo los ve como la aportación voluntaria que hacemos a la obra del Señor, y nos dice: ¡Animo! Si padecemos con Jesús, con Él seremos también glorificados… Por otra parte, Dios es tan sabio y tan providente, que esos sufrimientos, igual que los acontecimientos que no acabamos de entender, “Dios los orienta de manera que todos sirvan para el bien y la salvación de los elegidos”. Pablo se está elevando cada vez más en esta página imponderable. Y llega a meterse en la intimidad eterna de Dios, que dio un vistazo a la creación que iba a salir de sus manos. Vio una multitud de hombres y mujeres, en medio de los cuales estaba su Hijo que se iba a encarnar y hacerse uno de ellos, y se dijo: A todos estos que contemplo, a todos los predestino; todos quedan elegidos para ser como mi Hijo; a todos los llamo; a todos los santifico; a todos los he de glorificar… Éste fue el plan grandioso de Dios. Sólo quedarían fuera de la salvación los que no quisieran ser de Dios ni aceptaran a Jeucristo, al que Dios iba a enviar para la salvación de todos. Llegado a este punto Pablo, empiezan sus exclamaciones triunfales. Y la primera es ésta: Ante esto, ¿qué diremos? ¿Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”… Si Dios, por salvarnos, no dudó en entregar su propio Hijo a la muerte, ¿qué le importa darnos todo lo demás, si todo junto no vale nada ante su Hijo Jesús?... Y ante el miedo que pudiéramos sentir por nosotros mismos, Pablo sigue con energía: ¿Piensan que va a acusarnos Dios por nuestros pecados anteriores, el Dios que mandó a su Hijo a la muerte por salvarnos?... ¿Creen que Jesucristo, el que murió por nosotros, nos va a juzgar para condenarnos?... ¡Imposible, imposible del todo! Pablo acaba de la manera más grandiosa, más apasionante, más enardecedora, con una protesta de amor como no se encuentra una semejante en toda la Biblia: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... En todas estas cosas salimos más que vencedores gracias a Aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni espíritus enemigos, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús Señor nuestro. Pablo se nos ha revelado hoy en la cumbre de su pensamiento y de su amor. Esta capítulo octavo a los Romanos no cansa el leerlo. Nos asombra su profundidad. Nos enciende el corazón. Nos entusiasma hasta el delirio. Nos apasiona por Jesús… ¿Qué nos queda a nosotros cuando lo leemos?... Pensar también, y amar. Lo demás, importa poco…
Dejarme llamar por Cristo
Dejarme llamar por CristoFuente: Catholic.net Autor: P. Fernando Pascual Tras el pecado sigue la pena. Pena porque no cortamos la tentación, porque dejamos que entrase la sospecha, porque coqueteamos con el mal, porque le dimos un sí al egoísmo y un no al amor. Pena porque otra vez le fallamos a Cristo y traicionamos la conciencia. Porque pisoteamos los mandamientos, porque dimos escándalo en la familia; o porque todo quedó oculto ante los hombres, pero no ante Dios ni ante mí mismo. Esa pena lleva a la angustia mala, a la tristeza diabólica, si nos aparta de Dios y nos deja solos con nuestra miseria. Esa pena, en cambio, puede ayudarme a crecer en el amor, si recuerdo que, más allá del pecado, y más allá de la propia nada, existe un Amor que no se deja vencer por los fallos de sus hijos. En esos momentos, y entre las lágrimas ante mi pecado, debería escuchar una invitación, una llamada, un ruego que llega desde el mismo corazón de mi Padre Dios. “Ven, déjate llamar por el Maestro. Él está aquí y te llama (cf. Jn 11,28). Él quiere tomar tu vida y unirla a la suya. Déjate atraer por Él. No mires ya tus heridas, mira las suyas. No mires lo que te separa aún de Él y de los demás; mira la distancia infinita que ha abolido tomando tu carne, subiendo a la Cruz que le prepararon los hombres y dejándose llevar a la muerte para mostrar su amor. En estas heridas, te toma; en estas heridas, te esconde. No rechaces su amor” (Benedicto XVI, meditación ante la Eucaristía, Lourdes, 14 de septiembre de 2008). Esa invitación ha llegado en el pasado a miles y miles de hombres y mujeres que primero fueron pecadores, pero luego fueron santos. “Eran pecadores y lo sabían, pero aceptaron no mirar sus heridas y mirar sólo las heridas de su Señor, para descubrir en ellas la gloria de la Cruz, para descubrir en ellas la victoria de la Vida sobre la muerte” (Benedicto XVI). Esa invitación llega ahora a mi vida. Cristo quiere que le mire, que me deje tomar por sus manos taladradas, que le deje abrazarme junto a su corazón herido. Quiere que hoy mi dolor se una al suyo, que le pida perdón con toda el alma. Quiere que me confiese, y que empiece a vivir en la experiencia más sublime, más profunda, más hermosa, que puedo realizar ya en esta vida: la de vivir por entero en el mundo de la misericordia hecha Pasión en una Cruz bendita...
Año Jubilar Paulino
El mundo cristiano tiene la oportunidad de redescubrir este año la singular figura de san Pablo. El Papa Benedicto XVI convocó la celebración del Año Paulino desde el 28 de junio de 2008 —vísperas de la antiquísima fiesta de san Pedro y san Pablo— al 29 de junio de 2009. Eligió estas fechas en concreto porque coinciden más o menos con el cumplimiento de los dos milenios del nacimiento de san Pablo, que los historiadores sitúan entre los años 7 y 10 después de Cristo.El Año Paulino prevé, según las palabras del Papa, “una serie de celebraciones litúrgicas, eventos culturales y ecuménicos, así como varias iniciativas pastorales y sociales, todas inspiradas en la espiritualidad paulina”. “Asimismo, se promoverán congresos de estudio y publicaciones especiales sobre textos paulinos, para dar a conocer cada vez mejor la inmensa riqueza de la enseñanza contenida en ellos, verdadero patrimonio de la humanidad redimida por Cristo”.Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Pablo evoca el amor de Cristo que lo escoge como su apóstol a pesar de haber perseguido a los cristianos y lo pone como ejemplo del amor que salva al que confía en Cristo. San Pablo no es para nosotros una figura del pasado, que recordamos con veneración. Él quiere hablar con nosotros hoy. Te invito a preguntarte: ¿Quién es San Pablo? ¿Qué me dice a mí? Una propuesta para vivir este año: la lectura de textos que contengan el pensamiento del santo de Tarso y material referente al Año Jubilar que publicaremos cada edición. En internet puedes consultar el sitio oficial en la dirección: http://www.annopaolino.org (Fuente: Rosalía/ Estado de Vida de Jóvenes/Infojerusalén)
ACTITUDES DE UN SERVIDOR
(JN 13,1-17)» ... Cuando terminó de lavarles los pies...dijo: ¿Entienden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Señor y el Maestro, y dicen verdad, pues lo soy. Si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado un ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Porque en verdad les digo: el servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas. ¡Felices si las ponen en práctica! « Esta cita nos hace meditar en la docilidad, obediencia, humildad y sencillez con la que Jesucristo sirvió a sus discípulos y nos deja el ejemplo para que nosotros, intentemos ser como él. Para ello hablaremos de ciertos aspectos que debemos considerar: El ambiente, la obediencia, la humildad, la grandeza, el dolor, la misión, la liberación.Todo esto hermanos, con la finalidad de que ahora que prestaremos el servicio para la Misión «Construyendo para la vida», y considerando estas reflexiones, podamos brindar a nuestros hermanos invitados y a nuestros hermanos en la Comunidad , un servicio basado en el ejemplo de Jesucristo.Cada servicio que se ejecuta, nos confiere gracia y santidad. Por ello es muy importante que cada servicio, por muy sencillo que aparente ser, sea ejecutado con toda dignidad, calidad y profesionalismo.Cristo vino a servir y no a ser servido (Mt 20, 28), por tanto, quien se diga cristiano debe distinguirse y demostrarlo sirviendo al estilo único y total de Jesús.En una comunidad, todos los servicios cuentan, ciertamente, no todas las personas tienen talento para todo, pero en la medida de lo posible hay que procurar espacios para que haya una mayor formación de quienes intervienen. Asimismo no debe descuidarse la vida interior de un servidor. La oración y el estar cerca de Dios son los ejes en los que cualquiera de los servidores sostiene su quehacer y también todo su ser.
EL AMBIENTE: Para que una persona pueda realizar un servicio de calidad y para dar testimonio de lo que es un auténtico servicio cristiano, es necesario que cuide el ambiente en el que va a servir: éste debe ser familiar, alegre, ordenado, dispuesto, con una carga emocional muy fuerte; ya que muchos son los servidores que cuando se reúnen tienen una gran voluntad de servicio, pero el ambiente no los favorece, no se sienten en familia, se toleran pero no se aman; muchos son los equipos en los que se percibe un ambiente tenso, frívolo, no hay calidez y en esas condiciones, es poco probable que todos estén sirviendo auténticamente, a la manera de Cristo; por lo que debe existir un ambiente en el que haya respeto para las opiniones de todos y que se favorezca el orden y la atención. Es muy bueno procurar y mantener un ambiente fraterno, que no se les olvide que deben ser hermanos, compañeros.
LA OBEDIENCIA: Jesús está obedeciendo al Padre, pues aunque el cáliz es difícil de beber, ya que se acerca su hora, es la voluntad de Dios. OBEDECER es una palabra que poco se comprende, pues preferimos mandar, tener el poder, estar «por encima» de otros. Es más placentero y menos comprometedor. Hoy en día pareciera que el mundo nos enseña que obedecer es señal de debilidad, y Jesús nos demuestra claramente cómo se es obediente al estilo de Dios. Todos los que quieren ser servidores deben tener la capacidad de reconocer que siempre va a haber alguien con autoridad. Sólo quien manda con amor es digno de ser servido con fidelidad y amor, signos inequívocos de que la autoridad viene de Dios. Recuerden que tener autoridad significa mayor responsabilidad, pues hay que velar siempre por el bien de los que se les ha confiado. Tienen la autoridad sí, pero también la responsabilidad de convertirse en siervos de los siervos imitando al Maestro. Obedecer implica generosidad y justicia.
LA HUMILDAD: Jesús por sí mismo hace los preparativos para el lavatorio, se encarga de acercar el balde con agua, se arrodilla y se pone a lavar y secar los polvorientos y toscos pies de sus amigos. Ser humilde es muy difícil, sobre todo cuando estamos poco acostumbrados a reconocer las cosas buenas que tenemos y sólo sabemos contar nuestros errores. Imagina que la humildad es una balanza, por un lado colocas tus cualidades y por el otro, tus limitaciones (tus debilidades), es lo único que tienes, lo único que eres. Pues bien, mantenlas en equilibrio y serás auténticamente humilde.Reconócete a ti mismo como un buen servidor sin perder de vista tu fragilidad.La humildad siempre le permitirá al servidor avanzar con paso firme y tener la certeza de que Dios hace sus obras contando siempre con él, en él y a pesar de él. Mantén tus virtudes y limitaciones en perfecto equilibrio y serás auténticamente humilde.(continuará...) ( Para infojerusalen/Maribel )
EL AMBIENTE: Para que una persona pueda realizar un servicio de calidad y para dar testimonio de lo que es un auténtico servicio cristiano, es necesario que cuide el ambiente en el que va a servir: éste debe ser familiar, alegre, ordenado, dispuesto, con una carga emocional muy fuerte; ya que muchos son los servidores que cuando se reúnen tienen una gran voluntad de servicio, pero el ambiente no los favorece, no se sienten en familia, se toleran pero no se aman; muchos son los equipos en los que se percibe un ambiente tenso, frívolo, no hay calidez y en esas condiciones, es poco probable que todos estén sirviendo auténticamente, a la manera de Cristo; por lo que debe existir un ambiente en el que haya respeto para las opiniones de todos y que se favorezca el orden y la atención. Es muy bueno procurar y mantener un ambiente fraterno, que no se les olvide que deben ser hermanos, compañeros.
LA OBEDIENCIA: Jesús está obedeciendo al Padre, pues aunque el cáliz es difícil de beber, ya que se acerca su hora, es la voluntad de Dios. OBEDECER es una palabra que poco se comprende, pues preferimos mandar, tener el poder, estar «por encima» de otros. Es más placentero y menos comprometedor. Hoy en día pareciera que el mundo nos enseña que obedecer es señal de debilidad, y Jesús nos demuestra claramente cómo se es obediente al estilo de Dios. Todos los que quieren ser servidores deben tener la capacidad de reconocer que siempre va a haber alguien con autoridad. Sólo quien manda con amor es digno de ser servido con fidelidad y amor, signos inequívocos de que la autoridad viene de Dios. Recuerden que tener autoridad significa mayor responsabilidad, pues hay que velar siempre por el bien de los que se les ha confiado. Tienen la autoridad sí, pero también la responsabilidad de convertirse en siervos de los siervos imitando al Maestro. Obedecer implica generosidad y justicia.
LA HUMILDAD: Jesús por sí mismo hace los preparativos para el lavatorio, se encarga de acercar el balde con agua, se arrodilla y se pone a lavar y secar los polvorientos y toscos pies de sus amigos. Ser humilde es muy difícil, sobre todo cuando estamos poco acostumbrados a reconocer las cosas buenas que tenemos y sólo sabemos contar nuestros errores. Imagina que la humildad es una balanza, por un lado colocas tus cualidades y por el otro, tus limitaciones (tus debilidades), es lo único que tienes, lo único que eres. Pues bien, mantenlas en equilibrio y serás auténticamente humilde.Reconócete a ti mismo como un buen servidor sin perder de vista tu fragilidad.La humildad siempre le permitirá al servidor avanzar con paso firme y tener la certeza de que Dios hace sus obras contando siempre con él, en él y a pesar de él. Mantén tus virtudes y limitaciones en perfecto equilibrio y serás auténticamente humilde.(continuará...) ( Para infojerusalen/Maribel )
lunes, 19 de enero de 2009
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